sábado 11 de abril de 2009

ES UN EXTRAÑO DIA PARA DEJAR DE SER

I

Es una extraña sensación. Siento una necesidad imprescindible de huir de este lugar. De abandonar este cuarto, de huir de mis miedos. Son las 5:30 de la mañana de este sábado y las exigencias de un cuerpo sin nicotina, enferman mi mente que se resiste a dejar de contaminarse. Sencillamente, no aguanto más. Me levanto, tomo una chaqueta y salgo a la calle.

Mi primera sensación es la vergüenza. Este frío aire que me corta el aliento, calles sucias, donde se observan los restos de botellas estrelladas contra el piso y donde desfilan zombies, con la cabeza gacha, con un profundo sueño que les impide sentir ese frío del amanecer allá tirados sobre la banqueta del parque. Decido continuar caminando por las calles del barrio y ante la imposibilidad de hacerlo, decido alejarme, ir a otro barrio, a otro lugar, donde nadie me identifique.

Cruzo aquel caño, en donde varios perros persiguen a una perra en celo. El agua es negra y me recuerda los baños de nuestras casas y nuestra tendencia a querer bajar la mierda con agua limpia, para contaminarla y vertirla al caño, del cual luego nos quejaremos por su olor, que en últimas es nuestro olor. Claro, este mundo es una mierda, de la cual solo somos un componente más. Pero nos negamos a aceptar esa humilde posición en el concierto universal.

He logrado llegar a la Alameda. A esta hora, solo andan los rusos en bicicleta, algunos fumándose un bareto, otros su clásico cigarrillo, mientras que yo, intento salir a trotar para dejarlo. Claro, algunos residentes del sector aprovechan esta mañana para salir a trotar o caminar con sus hijos. Otros sacan sus perros, para que se caguen en el prado que no es de nadie, otros salen a robarse la tierra de las plantas que se sembraron y otros más han dejado decapitados los postes de la luz. En últimas, al llegar a la alameda debo reconocer que lejos de ser atractiva, es un espacio público abandonado, el cual se convertirá en escenario de mi -tan pretendida- rehabilitación personal.

Es tal el grado en que nos transformamos, que siento vergüenza al hacer ejercicio. Decido no ver a quienes están a mi lado, solo correr y correr, intentando sacar la nicotina que está en mi cuerpo, dejar de oler a quemado y poder de vez en cuando respirar el aire que esta ciudad contaminada me ofrece diariamente. En realidad, siempre odié salir a correr. En el colegio, llegaba a un punto en el cual, sentía nauseas y deseos de vomitar. No lo soportaba. Con mi entrada al anarquismo, a la rebeldía adolescente y a mi búsqueda de identidad, tanto el punk como el cigarrillo se hicieron mis aliados infalibles y aquellos días de ejercicio físico se esfumaron dando paso a las borracheras universitarias, al consumo social de las drogas legales e ilegales. Sin embargo, al igual que cuando trotaba, en estas fiestas siempre terminaba en el baño… vomitando.

Ahora que estoy ahí trotando, me detengo a observar el mundo que me rodea. Me doy cuenta de que existe el verde en esta ciudad. De que aún hay enormes terrenos en donde viven algunos campesinos urbanos, que ordeñan algunas vacas y salen a vender leche en cantina a los residentes de estos proyectos de vivienda de interés dizque social. Me doy cuenta de un ave, que flota en el cielo, apenas si mueve sus alas, pues esta buscando ratas en los vallados, de las cuales se alimentará, mientras el hombre se lo permita. Me doy cuenta también de que existe un humedal que reclama su lugar en la tierra y que en cada época de lluvias, se desborda para inundar esta alameda por la cual decido correr.

II

Es domingo. Ha pasado cerca de un año y mi tentativa de abandonar el cigarrillo ha fracasado. Observo como los cristianos asisten a misa de siete, veo a los evangélicos en sus caminatas de predicación en el barrio que sigue hundido en la basura que se tira diariamente y tapa las alcantarillas, aquellas que fueron construidas irónicamente para evitar que volviera a darse aquella inundación del 79.

Me pongo a pensar en las actividades programadas en el periódico del barrio. Es muy difícil evitar no fumar en las tertulias, cuando la sala se llena de tanto humo, cuando hay una copa de vino o un libro de versos para compartir con los amigos y amigas que se rebelan contra un estilo de vida sumiso y mediocre. Es muy difícil dejar de fumar cuando existe un dejo de intelectualidad en lo que dices, si lo dices con tu voz cortada por la exhalación del humo.

La alameda aún sigue ahí y me he convertido en uno más, de quienes la transitan semanalmente. Se ha convertido en un espacio de soledad, tan anhelado para huir de la realidad sin la necesidad de drogarse. Sin embargo, hoy hay mucha gente, son chismosos observando a un muerto que está tendido sobre los adoquines. La cinta lo rodea y veo a lo lejos la motocicleta en el piso. Me pregunto si debo hablar de ello en el periódico y decido dejar en paz a este muerto. Suficiente despliegue le hará la prensa amarillista. Es más, imaginó el titular, que nos estigmatizará aún más como un barrio donde todos los males de la humanidad se juntan. Donde lo mejor sería una bomba nuclear.

El sol brilla en el cielo, un cielo que en épocas secas, deja ese bronceado que llamamos sabanero o que al igual que muchas campesinas boyacenses, se caracteriza por unos cachetes colorados sobresaliendo en esta piel blancuzca de enfermo. Es bajo este cielo brillante que me decía que no fumaría. Solo lo haría cuando lloviera, cuando fuese de noche o cuando hiciera frío. Me parecía más romántico, más excitante e incluso más provocador si estaba acompañado por alguna canción depresiva cantada por The Cure.

En fin, sigo pensando mientras siento el sudor que recorre mi rostro. Para muchos, es poco estética esta imagen, les agrada pensar en como impresionar o conocer mujeres con cuerpo de modelo, con ropas pegadas a la piel, con unas gafas oscuras de moda, con aquellas medias tobilleras blancas y zapatillas de marca, mientras que yo, apenas dispongo de una vieja chaqueta raída y de mis viejos tenis de tela que han comenzado a sufrir de fisuras en el talón y que hacen que mis pies se mojen cuando debo pasar cerca del humedal. Ni siquiera uso bloqueador y por eso cada vez mi piel es más oscura, no por los tratamientos en cámaras privadas de algún spa sino por la radiación solar de este mundo que se des-ozoniza.

Recuerdo que deseaba mucho poder ver siempre aquellos verdes campos, pero a la vez era consciente que tarde o temprano serían urbanizados. Solo era cuestión de ver una malla verde rodear algún terreno para entender que allí se localizarían nuevos hogares, familias que en su deseo de ser propietarias, adquirían una deuda a 16 años. Casas que en suma, eran habitadas por personas indiferentes al pasado, que desconocían a Sie, nuestra diosa del agua. Que nunca habían escuchado a las ranitas sabaneras cantar, que tampoco entendían que esa agua que decían era sucia, constituía un humedal. Personas que en últimas, hubiesen deseado que secaran ese pantano porque olía muy mal, porque se habían convertido en refugio de habitantes de la calle o porque para seguir haciéndonos mala fama, eran lugares en donde se cometían atroces delitos, inflado aún más los mitos de nuestra desgraciada humanidad.

Llegué al parque, un parque abandonado, cuyas canchas habían sido desvalijadas hace mucho tiempo, cuyo piso se había fracturado. Como tradicionalmente había hecho, me dedique a hacer algunos ejercicios de estiramiento y decidí acostarme. Ya no existía una segunda oportunidad, todo había fracasado, ella estaría ahora en otro espacio y en otro tiempo y yo tendría que pensar en mi futuro. Tal vez tenía razón, tenía que dejar el cigarrillo, pero me parecía una tontería dejarlo por una mujer y tenía razón, debía dejarlo pero por amor propio.

III

Es domingo otra vez. Ha pasado mucho tiempo, mi tío murió y me prometí a mí mismo cuidarme y evitar morir de la manera en que él lo hizo. He aprendido a valorar la vida y con cada día que pasa, siento que se hace más difícil volver a fumar. Tal vez, muchos me critiquen, tal vez muchos piensan que tarde o temprano volveré a este vicio, tal vez yo también lo crea, pero ya llevo más de tres años así y me doy cuenta de que independiente de las recetas, lo único que se necesita es querer dejarlo.

Me he transformado, con cada pequeña decisión que tomo, elijo el camino que voy haciendo. Me he dado cuenta de que un verdadero anarquista, debe cuidar su mente, pero también su cuerpo y que si se trata de liberarnos, que mejor que hacerlo respecto de estos vicios que son el cigarrillo, las drogas o el alcohol. Pueden existir otros anarquistas que piensen lo contrario, pero yo, me doy cuenta cuando los veo, de que están atados y peor aún que se están matando cuando se trata de apostarle a la vida.

Como anarquista, he re-descubierto la vitalidad en la naturaleza que nos rodea. He aprendido que este territorio llamado Techotiva, era una laguna grande y que si hoy en día sufrimos por las inundaciones, es porque hemos ofendido a Sie con nuestra pretendida noción de desarrollo. Ella, vuelve de vez en cuando a recordarnos, que el agua es principio de creación y que todo acto creativo esta asociado a uno destructivo.

¿Y del humedal qué? Fue la pinta que dibujaron, en la malla verde desplegada un día sobre el terreno donde se escuchaba cantar a las ranas. Alguien dijo que no era un espejo de agua y por esa razón, vinieron y lo resecaron. En ese momento, pensé decididamente en apostarle a su salvación, pensaba en un titular para el periódico, en la posibilidad de denunciarlo en los medios masivos, pero como conocedor de estas cosas urbanísticas, me daba cuenta que si contaba con aprobación de curaduría urbana, sería muy difícil salvarlo.

De mis visitas a la curaduría urbana, a la empresa de acueducto y alcantarillado y a organizaciones ambientales de la localidad, pase de ese entusiasmo febril a una desoladora tristeza frente a nuestra humanidad. Los errores que cometemos intencionadamente los pagaran nuestros hijos. Preferimos dejarles en herencia un apartamento que puede ser destruido por un sismo en solo segundos, en vez de un humedal que puede salvarnos por una eternidad. No sobra decir que un personaje como yo, tenía muy pocas oportunidades, frente a los poderes inmobiliarios que ya estaban ofreciendo en venta, los apartamentos de un conjunto que en la maqueta reducía el humedal a una zona pintada con otro color.

IV

Pensé en escribir este cuento que no tiene nada de ficción, hace mucho tiempo. A pesar del titular y de la nota redactada con una investigación objetiva en el periódico, aquella parte del humedal desapareció. En la actualidad, se erigen varios proyectos de apartamentos allí y el agua sigue escurriendo de vez en cuando sobre la alameda. En estas épocas de invierno, el humedal que queda, recibe la carga de lluvias, que van a parar a un caño que construyó la Empresa de Acueducto y Alcantarillado en asocio con los constructores. Algunos residentes del sector, están pidiendo que tapen el caño. Al parecer nadie quiere saber del agua que huele mal y que solo atrae habitantes de calle o más basura al sector.

El agua sin embargo, lucha para no ser invisibilizada. Ya se ha tomado otro terreno aledaño a un parqueadero de camiones que hay cerca del humedal. Pero más fuerte aún, es su respuesta cuando en épocas de lluvias se desborda a través de ríos como el Fucha el Tunjuelo o el mismo río Bogotá. Este territorio ha sido anfibio siempre y reclama ser reconocido como tal, pero nuestra “inteligencia” cartesiana, nos impide tal mestizaje.

El daño es irreparable, porque ya existen las torres de apartamentos, porque ahora son muchos más los vehículos que transitan y colapsan la avenida Ciudad de Cali al suroccidente de Bogotá y no es muy prometedor el futuro inmediato cuando aún queda espacio por urbanizar. Cuando salgo a trotar, observo las pancartas de nuevos proyectos de vivienda, observo como la gente produce más basura y de cómo no sabemos reciclar. Cómo a pesar de todo, carecemos de conciencia ecológica y de cómo, el cambio no es cuestión de recetas sino que, lo único que se necesita es querer cambiar.

No he vuelto a fumar. En mi caso, también pueden existir daños irreparables a mi salud. Sé que tarde o temprano moriré, fume o no. Sé que a pesar de las luchas frontales a los narcoterroristas, aún nos falta mucho para luchar contra el consumo y la publicidad que nos invita a ser alcohólicos o adictos a la nicotina. Se también, que muchos de los que me rodean y que estimo mucho, son fumadores compulsivos y que no sacó mucho con pretendidas evangelizaciones o cantaletas recriminadoras sobre sus decisiones de consumo. Ellos son igual de libres en escoger acerca de su destino.

Mi anarquismo, es como una religión que me orienta y me hace tener fe en el ser humano y en la capacidad que tenemos para cambiar nuestro destino. Me levanto y salgo sin miedos a la calle, salgo a trotar por la alameda y me siento pleno de vida y feliz al escuchar el canto de los pájaros. Me impresiona pensar que podrán pasar muchas generaciones y que este planeta aún continuará aquí. Mi esperanza es que ese planeta sea más verde y menos gris. Donde la vida en general vuelva a ser el objeto de nuestro desarrollo y no la búsqueda del poder o del dinero. Ese romanticismo, puede rayarle a muchos activistas que solo hablan de lucha, de violencia, pero no me importa, ya no me interesa encuadrar mi ser libertario en doctrinas filosóficas o políticas, solo me interesa tener la posibilidad de construir mi propio proyecto de vida y de ayudar para que muchos más como yo, gocen de esa posibilidad.

Es domingo. Veo el reloj y me doy cuenta de que aún es muy temprano. Decido arroparme y dejar que el sueño se apodere de mí. A diferencia de muchos años atrás, ahora me siento tranquilo. No deseo huir de mi destino. Ya no siento la necesidad de correr, de evadirme, de negarme. La calle sigue ahí, el barrio sigue ahí, la alameda y el humedal también, yo también continuo aquí, en este lugar. Saldré un poco más tarde hoy y trotaré una vez más.

Saludaré a los pájaros, tendré esos enormes deseos de devorarme el mundo, de vivir la vida de manera intensa, de aprovechar este día porque puede ser el último, intentaré recuperar un poco más de mis pulmones, intentaré oxigenar mis ideas y refrescar mis recuerdos, atrofiados a veces por todo el vacío de la existencia moderna y miraré hacia el horizonte con la esperanza de ver una vez más aquella ave que vive en los viejos árboles que rodean el humedal. Llegaré una vez más a ese parque que ha sido remodelado y me tenderé en el suelo para ver el cielo y las nubes. Realmente este domingo es un nuevo día, un extraño día para volver a nacer, un extraño día para dejar de ser, pero no me importa ya.

sábado 17 de enero de 2009

EN LA GUERRA NUNCA HAY GANADORES.

El mundo que muchos de nosotros hemos conocido desde niños se ha caracterizado por estar permanentemente atravesado por guerras de todos los tipos y grados de crueldad, similares o peor de crueles a aquellas que nos han contado los historiadores y que sucedieron en otros periodos de nuestra “civilización”.


La transición del siglo XX al XXI, está demostrando una vez más, que la especie humana no ha logrado evolucionar pues su conciencia sigue atascada en el culto al ego y los profundos extremismos de tipo religioso, nacionalista, ideológico, buscando la satisfacción material creyendo que eso es suficiente para alcanzar la libertad o la felicidad.

En la guerra nunca hay ganadores. Todos perdemos, los muertos y desplazados tienen en común el hecho de ser hermanos, de hacer parte de una sociedad planetaria, que ha sido divida por la imaginación del hombre en fronteras, en países y banderas multicolores, que son invisibles en realidad cuando caminamos por las montañas y valles de este mundo que llamamos Tierra.

Al igual que sucede con la guerra civil que existe en Colombia, los fanatismos de derecha e izquierda, abogan por más violencia, por la exterminación del otro, que no tiene derecho a vivir en la misma tierra. Por eso, no estoy a favor de Israel, pero tampoco de Palestina, no estoy a favor de un gobierno autoritario como el que vive Colombia pero tampoco apoyo el gobierno de Venezuela porque es igual de prepotente y cargado de mesianismo. La intolerancia es la misma a pesar de tener ideologías diferentes.
Por eso tampoco estoy a favor de la guerrilla, ni de los paramilitares porque no creo que el uso de las armas resolverá nuestros problemas, por eso estoy en contra también del servicio militar obligatorio, en suma se podría decir que soy un pacifista, pero lejos de atribuirme la causa libertaria de los demás, intento de manera más humilde hacer la transformación interna, la de reflexionar acerca de mí y de lo que pienso frente a este mundo que nos rodea.

Por eso, en estos momentos en que muchos amigos se pronuncian a favor de los palestinos, me preguntó si es realmente justo denunciar esta barbarie por una pobre asociación de los judíos con el fascismo o si realmente sería igual de condenable las muertes provocadas por tanto fundamentalista árabe. Es igual de irónico que una nación víctima del holocausto en la segunda guerra, ejerza tal grado de crueldad para justificar lo que aún no pueden justificar con la razón: la invasión y posesión de una tierra cuyo único titulo de propiedad aparece en un libro de metáforas como es la Biblia.

Hay quienes dicen que la guerra, “afortunadamente” existe y que es connatural a nosotros, que ante la ausencia de una especie que cumpla la función de control demográfico, esta nos permite mantener a raya el desbordante crecimiento demográfico que ya habría hecho colapsar el planeta. Me resisto a creer en ello, pues no creo que una especie tan evolucionada como la humana tenga que recurrir a estas estrategias para no sobre-poblar el mundo. ¿De que sirve tener hijos que serán el día de mañana carne de cañón?

En estos tiempos, en los cuales florece el odio y cosechamos la muerte, me pregunto si vale la pena morir por fanatismos estúpidos o si en realidad lo único que vale la pena, es defender la vida. Por eso, no apoyo las guerras ni siquiera cuando su motivo es supuestamente la liberación de los oprimidos o la lucha contra los sistemas injustos de redistribución de la riqueza. Soy anarquista de corazón y es el amor por la vida lo que me hace buscar mi libertad, he perdido la capacidad de juzgar a los demás y por ende he perdido la facultad para posicionarme y tomar postura por algún bando en esta guerra.


Alimento mi utopía, creyendo que tendremos la posibilidad de ser felices algún día. Que dejaran de existir guerras como la que atormenta a Gaza, a Colombia, a Afganistán y tantos otros lugares del mundo. Todo se encuentra en nuestras mentes, que se resisten a evolucionar a dejar de ser tan materialistas o tan idealistas, es por eso que existen las guerras. ¿Cuánta sangre seguirá corriendo por la búsqueda de la supuesta “libertad”?

miércoles 14 de enero de 2009

MANUELA, NO OLVIDES TU PASADO.

Manuela, corre por las calles afanada por llegar a su trabajo. Respira el aire viciado de indiferencia, de perfecta anomia en esta gran ciudad. Sabe que no es posible llegar a tiempo y toma un taxi y sin darse cuenta pierde su cartera. Sus recuerdos, las cosas más preciadas de los seres humanos, tirados en alguna cesta de la basura, después de ser despojada de aquellos objetos de valor que pudo encontrar el ladrón o el caminante que se encontró aquello tirado en la acera.

Fotos de personas desconocidas, billetes de otro país, con extraños símbolos o el nombre de alguna personalidad ajena. Cosas que solo son importantes para su propietario, terminan viajando como toda la basura hasta el relleno de doña Juana en Usme. Y mientras tanto, Manuela, hecha de menos sus recuerdos perdidos, preguntándose acerca de lo que será su vida sin pasado.

Empiezan a perderse los recuerdos de aquella niña, que corría en el barrio popular. De esa niña genio que a punta de mucho esfuerzo ha logrado ser alguien en la vida. Sintiéndose tan pérdida entre sus antiguos vecinos, ya no se siente capacitada para soportar más la inseguridad, la cercanía de su familia, la tragedia de aquellas adolescentes que jugaban con ella a las muñecas y que ahora son madres solteras y trabajan en alguna casa de familia al norte. Un destino que ella no quiso y que intenta borrar de su pasado, pero que se diluye así mismo con todas esas alegrías de ser ignorante, de ser un imbécil.

Entre aquellos barrizales, se encuentran los recuerdos de una familia, que al igual que muchas otras llegaron a esta ciudad en busca de un sueño, de una nueva oportunidad, de tener un trabajo, de vivir en paz, de ser felices. Cuerpos gastados por un trabajo que acelera el proceso de envejecimiento ahogado entre las cervezas y el humo de los cigarrillos que se ofrecen cada noche en que las quincenas llenan el bolsillo. Una vida alejada de cualquier seguridad social, en la cual existe la dependencia y la sumisión para sacar adelante la familia, para sacar adelante a Manuela.

Ahora que ya no recuerdas en donde han quedado tus recuerdos, intentas reconstruir lo que quieres, lo que más te gusta o aquello que hubieses deseado que fuera tu pasado. Sin embargo, ¿que queda después de tanto puritanismo hacia la vida? La perfecta felicidad de vivir en un condominio, bajo el anonimato, bajo la soledad y el deseo de vivir todavía más lejos aún de tu familia, allá en ese país europeo que tanta desgracia trajo a tierras americanas. Por que allá también existen recuerdos que te gustaría haber conservado y que se han perdido con la cartera que saquea aquel niño vagabundo en el parque nacional.

Aquella sensación de libertad, de madurez intelectual, la posibilidad de no pagar un peso porque tu lucidez académica te ha hecho merecedora de la beca, mientras que muchas compatriotas se dedican a la prostitución y al tráfico de drogas, gozas de la oportunidad increíble de llegar a la cúspide de aquella pirámide de exclusión que es la educación en este país plagado de oportunistas. Sí, tu memoria acumula experiencias que en suma han modelado tu carrera exitosa hacia la realización parcial de tu estilo de vida favorito.

Hasta donde has perdido ahora, el recuerdo de la miseria, de la pobreza, aquella que experimentaste y que luego fue el pan del cual comiste, al contratar tantos proyectos de capacitaciones que nunca dejaron sus frutos entre hombres y mujeres famélicos que debían dejar de trabajar para participar en esta farsa de democracia, que invierte la mayoría de sus fondos públicos en una burocracia de la cual tu hacías parte. Ahora al ver a la calle, desde tu oficina, te preguntas acerca de los contratos que debes buscar, para poder pagar tus deudas, para recomponer tu maltrecho pasado.

Es tan tedioso tener que hacer algunas cosas, soportar a la gente terca, obstinada, egoísta y mediocre que conforma este país, soportar a aquellos compañeros de trabajo, que no trabajan con pasión, que no están dispuestos a ser pragmáticos, aquellos noños que fingen ser inteligentes y no lo son, o aquellos brutos que realmente no tienen un poco de imaginación o creatividad para un novedoso proyecto de investigación. Esos recuerdos se confunden y se pierden con aquellos colegas que han sido perfectos cómplices en la aventura de vivir, con quienes se han compartido gratos recuerdos y con quienes ya existe un lenguaje invisible marcado por la ceguera que produce tanta intelectualidad.

Alguien ha marcado a tu número de celular, te dice que ha encontrado una cartera y que en ella se encuentra tu cédula y otros datos de contacto y que espera poder fijar una fecha para devolverte un pasado que ha quedado destrozado por culpa de la imprudencia, de este estrés que nos acompaña, que nos llena de un excesivo perfeccionismo y que nos impide dejar de pensar en como planificar cada acto de nuestra vida. Estabas tan pendiente planificando que olvidaste tu pasado y lo dejaste olvidado afuera en medio del ruido de un mundo que no se interesa por escuchar tus enseñanzas, ni tampoco la importancia de querer ser como tú.

¿De donde vienes? Viviste en medio de la inseguridad y te aterra pensar que quieren timarte, que desean aprovecharse de tu pasado para robarte tus posesiones materiales. Sin embargo, a cambio de unos pesos, el delincuente te ha devuelto tu vieja cedula y unas tarjetas debito y crédito que hace tiempo has bloqueado. Es esa inseguridad tan distinta a la de quedarse sin trabajo, la de pensar en como alimentar a tus hijos, la de saber como putas vas a pagar el alquiler, la de saber si Manuela me llamará para hacerle la limpieza a su casa, de saber si necesitaran a alguien este año para trabajar en el aseo de la casa de la empresa donde trabajas o para vigilar la puerta de este conjunto cerrado donde miles de corruptos políticos se quedan con el esfuerzo del trabajo de muchos imbéciles que buscan ser felices en medio de la porquería.

Manuela, recuerda en este momento la cara de una campesina, preguntándole por el proyecto de vivienda que se quiere hacer en la vereda. Recuerda además a los niños y niñas de cachetes rojos, sonriendo a la cámara. Aquella fotografía tan bonita para acompañar el informe de gestión que estas elaborando o la cartilla de participación ciudadana que elabora tu amigo y amante. Sí, es una bella foto, pero en realidad tu silencio le dio a entender a la campesina que todo este proyecto era resultado de la necesidad por utilizar un recurso público en procesos de generación de identidad de veredas que están a punto de ser destruidas por la expansión urbana de la capital.

La campesina ha seguido su lucha, liderando la organización política y sin querer defiende no solo los intereses de los pocos campesinos que quedan sino que de manera oportunista los de algún rentista terrateniente. Pero para Manuela, todo está bien, dices que hiciste lo adecuado, el cumplimiento de tus metas es suficiente para olvidar los padecimientos actuales de personas que creen en tu discurso y que tarde o temprano se desencantan al darse cuenta que no es verdad. Así es la vida. Es cruel, no puedes pensar aquello que debes sentir, no debes sentir aquello que debes pensar y dices con profunda ironía, que nadie puede cuestionar lo que has hecho, que tu profesión tiene en últimas una orientación de ayuda comunitaria y que no puedes cambiarlo todo, que la gente debe ayudarse, que después de casi 20 años de dedicación se requiere aún más tiempo y recursos para que la gente se apropie de lo público. Tú, nunca necesitaste tanto tiempo y has llegado a serlo todo gracias a lo público, irónicamente.

Sí, acaba de empezar un nuevo año y en tu primer día de trabajo ya estarás cansada, dispuesta a sacrificarte para conseguir tus sueños. Dispuesta a regresar a aquella ciudad ibérica, a redefinir tu vida sentimental, a crear una ONG porque no te gusta el trabajo en lo público, a dictar conferencias o ser invitada a ser relatora de las mesas inter-insitucionales que emiten tantas normas que son imposibles de acatarlas todas. El mundo seguirá girando a tu alrededor y tal vez se haga más hostil a tu discurso, tal vez aún queda algún lugar de la ciudad a donde llevar tus cursos, tal vez en tu propio barrio, aquellas personas de las que tanto te has alejado, se conviertan en el sujeto político de tus elevadas reflexiones sobre participación.

Los recuerdos de tus vecinos también saldrán a la luz pública, algunos cargados de envidia, de resentimiento porque tú lograste salir adelante, otros de indiferencia porque te desconocen, porque se han olvidado de ti, porque no eres nadie para ellos y ellas. Solo una doctora que habla muy bonito y que nos dice que si nos interesa reclamar más atención del alcalde debemos dejar de tomar cerveza para pensar y hacer el ejercicio de cartografía social.

Claro, algunos cuya formación ha sido la calle, te reclamaran tu abandono, tu salida del barrio, de pronto te puedes sentir juzgada y condenada a la vez, en ese desenfrenado afán por dejar atrás tu miseria, que a pesar de estar revestida de progreso material no deja de inundar tus sueños y pesadillas. Manuela, eres una traidora, tu causa es la de tantos otros seres egoístas que se aprovechan de la pobreza ajena para ser ricos, bien sea porque creen que el trabajo intelectual es más importante que el físico, bien sea porque criticaste el activismo y caíste en la ceguera de ser imparcial, de nunca tomar partido y te quedaste en un vació del que nunca saldrás.

Esas organizaciones de mujeres, que se resisten a dejar de participar y que combinan su vida familiar, con las oportunidades comunitarias, te reclaman una visión de género que no sea impuesta por el organismo internacional sino adquirida por la mezcla del sentir en carne propia y el dialogo que parece tiempo “perdido” en tu agenda planificada de asuntos por atender. Un poco de descontrol no te caería mal si pudieras aprender de tus errores y no sólo de tus éxitos. Pero tu vida es casi perfecta, haces lo que quieres y gozas de autonomía para soñar con un mundo al cual apuestas y que esta detrás de todas las cosas que haces. Te dices a ti misma que eres realista, que de nada sirve ser utópica, que el mundo no será mejor, sino que solo podemos intentar que sea menos peor de lo que ya está y así te vas volviendo la experta, mientras tu cabello deja de ser castaño.

Debes reconstruir tu pasado, intentar borrar aquello que ya no va contigo, pues ahora eres alguien, debes convencerte y convencer a los demás de esa verdad. Se convertirá luego en un hecho, cuando consideres que tu pasado ha dejado de ser triste y traumático, cuando solo mantengas en la memoria una fantasía y que luego de repetirla un millón de veces, no quede duda de tu origen, un origen cargado de falsa nobleza. Un pasado donde la memoria se entreteje con el olvido y te evita preguntarte al espejo ¿Quién soy yo? ¿De donde vengo y para donde voy?

domingo 21 de septiembre de 2008

VER PASAR EL MUNDO DETRÁS DEL CRISTAL

En esta mañana teñida de gris, de ese frío mortal que nos congela, un hombre observa con incredulidad el reloj. No puede creer que aún no sea tarde para levantarse. Que aún queda tiempo para pensar en esta existencia y en ella. Trata de alejar esos pensamientos, da vueltas en la cama, prende la radio para distraerse, pero en definitiva ya no puede dormir.

A través de la ventana observa la triste realidad de su mundo, una calle sucia, desolada, llena de ruidos nauseabundos como ese llamado a misa de domingo, o el ruido de los autos que pasan frente a su cuarto y que sumado a los gritos de la noche anterior, le hacen desear tener la capacidad de borrar su memoria. Pero no puede olvidarse de sí mismo. Debe soportarse ante la incapacidad del suicidio.

Tiene miedo, mucho miedo al pensar en el estado de su corazón. Un corazón que llora y se lamenta, un corazón que tiene dificultades para mantener un diálogo sincero con la razón, un corazón que trata de comprenderse, pero que se hace sordo a la verdad, a la realidad. Ella permanece alejada y sus sentimientos ahora se hacen indescifrables, codificados en algún profundo baúl, en la inmensidad de un desierto que es muy difícil de atravesar.

Conciente de que no es posible dormir, ni evadir esta realidad, este hombre se levanta, prende un cigarro y relee sus notas autobiográficas. Su obsesión por hablar de sí mismo, como terapia para aprender a tolerarse a degenerado en una farsa, en un decir lo que quiere escuchar, en expiarse de toda culpa y dejarse absorber por un barato psicoanálisis. Su lado femenino luchando contra su masculinidad, esa pulsión presente desde hace mucho que le impide de una vez por todas jalar el gatillo que pone en su boca.

¿La ama en realidad? A veces cree que todo es un juego, un intento por querer amar, pero que en realidad esconde la esterilidad y la impotencia. Ella es una mujer carente de decisión, apocada, influenciable por sus padres, demasiado ingenua y poco conflictiva, la novia perfecta para un déspota como él. Sensible, rayando en lo infantil, creyéndose aún en el país de las maravillas, mientras él, se retuerce en la cama debido a los efectos del abuso del alcohol y las drogas. Envenenada por tanta lectura de hadas y duendes, termina asfixiando a este remedo de intelectual barato que se cree importante en la prosa mundana.

Odio hacía sí mismo, hacia un mundo al que no quería venir, sustenta ese deseo de venganza, esa necesidad de hacerse ver incomprendido. Un hombre que pretende esconder su precaria potencia sexual, luchando contra los credos feministas y lésbicos que reclaman el orgasmo femenino. No quiere seguir pensando, pero sabe que allá afuera esta su mamá, pronta a hacerle un café, a bendecirlo antes de salir de casa, deseándole un buen porvenir en su nueva vida, llorando y recordándole que lo ama. En ese momento desearía escapar volando para desintegrarse en el cosmos, pero aún no ha empezado el día.

Unos minutos antes de levantarse, se dice a sí mismo traidor. Sabe que ella desea estar con otros hombres, que la animan orgías y pesadillas eróticas, que su hipócrita fe le prohíbe experimentar el placer. Sin embargo, cualquier lector de las páginas sociales quedará encantado con esa sonrisa angelical, mientras él se ve tan apuesto, tan elegante. Un amor vacío, que ha permanecido grabado en las piedras y los árboles, fosilizándose hasta el punto de que ella, no reacciona, no siente ya el impulso de rebelarse, de escapar y huir hacia el otro lado de sus pasiones. Será una buena esposa, una profesional de éxito, admirada y deseada, muy íntegra, para evitar los escándalos, para no hacerle daño a papá y mamá, a las finanzas del contrato recientemente celebrado.

¿Recuerdas la última vez? Ella desnuda sobre la cama, ocultando su rostro tras unas fingidas posturas, haciéndote creer que estaba en el éxtasis y tú deseando poder estrangularla, asesinarla. Ya nada es como antes, su cuerpo es extraño, ajeno, frío, un territorio muerto que incita a evitar cualquier tipo de contacto. Cada vez que su mano acaricia su pecho, es un cuchillo que penetra en su corazón y penetra el alma de una mujer frívola. Cada vez que los labios buscan un espacio para besar, la reseca piel aruña los deseos y precipita el final. Ese final, cuando descargas tu lascivia, aquella arrebatada por la puta que te bailó en el bar, la noche anterior.

Como aquellas notas tocadas en un piano, reflejando solamente la tristeza y el dolor de un corazón que desea morir, él se aferra a esta mañana. Sabe que tendrá que salir a esa calle, respirar ese viciado aire y enfrentarse a esta pesadilla que es la vida. Sabe que tendrá que vestirse de gala en este día especial, porque se casa con ella. Porque serán el centro de atracción de una mentira que han alimentado tras varios años de noviazgo.

¿Que pueden esperar ahora, esas dos almas encadenadas al yugo de la eternidad y la maldición divina en caso de obrar mal? Nada, solamente ver pasar el mundo detrás del cristal de esa nueva mansión, de esa mentira de hogar que conformaran para asistir a las citas sociales, mientras en la profundidad yace una soledad y el odio de tener que aceptar que la felicidad es algo imposible de alcanzar.

lunes 11 de agosto de 2008

CARNE Y HUESOS

Hernando Sáenz Acosta


Enfermo y solo en esta habitación
Revoloteando alrededor de la bombilla
Cansado de mirar la pantalla
De leer entre líneas, subliminales mensajes.

Caer aturdido y moverse sin control,
Para recuperar la posición inicial,
Antes de que los problemas empezaran,
Antes de romper el cascaron, la crisálida.

Un extraño visitante deambulando,
Moviendo su infinidad de extremidades,
Tanteando el peligro con sus antenas,
Escucha el crujir de la tierra que acaricia.

Y Yo, acompañándolos en este sanatorio,
En esta cárcel que son mis pensamientos,
Como insectos, acechando a la raza humana,
Siguiéndola incluso hasta el abismo bestial.


A veces, fijo la mirada en sus cuerpos,
e intento desafiar su habilidad, su flexibilidad,
mi pared es un cementerio, cubierto de cal y sangre,
de extrañas sustancias de seres invertebrados.

Es extraño, sentirse amenazado por ellos,
sentir esa necesidad de eliminarlos,
si aparentemente no constituyen mi dieta
y menos aún mi fuente de riqueza.

Cuando la oscuridad, el silencio o la soledad,
se apoderan de este cuarto húmedo,
salen millones de insectos a danzar,
a saciarse en una orgía reproductiva asesina.

Yo me encuentro dormido, sumergido en mis pesadillas,
asfixiado por el peso de una mano que me aplasta
de una bota militar que me destruye,
o por una botella que expele veneno en mis entrañas.

Sumergido en esta agobiante sensación
experimento el purgatorio y la tortura,
de no tener la conciencia tranquila,
de no soportar y aceptar que solo soy, carne y huesos.

viernes 25 de abril de 2008

Dignidad, ¿donde estás?



Bajo un cielo plomizo
Caminan adolescentes cargando a sus hijos,
Perdiéndose entre las ventas ambulantes,
Van dejando un rastro de tristeza
De inconformismo frente al destino.

El viento levanta la tierra,
Que se nos cuela por la ropa
Que nos ensucia el cuello de la camisa,
Día tras día, detrás del parabrisas
A la caza de alguna efímera alegría.

Hacia el norte, la oscuridad
Tormentas que pronto caerán en el sur,
Llantos de niños enfermos en un hospital,
Una calle sin pavimentar
Y la amenaza de la limpieza social.

¿En donde queda nuestra dignidad?
En los recortes de periódicos amarillistas
Que dan cobijo al pordiosero,
En el piso de tierra del lote
Donde caminan descalzas nuestras ilusiones.
Y la vida continúa, no podemos parar,
El desempleo nos obliga a callar
Nuestras más profundas ideas
La adoración a una virgen, a un Dios,
Que nos ha de llevar a la vida eterna.
¿En donde queda nuestra dignidad?
Si al fin de cuentas fracasas,
Si confirmas que esta es una gran mentira,
Que no hay progreso, que te atascas
Y que no hay salida, frente a esta mierda de sociedad.



Algunos días sale el sol y brilla nuestro horizonte,
Es cuando salimos a la calle y jugamos tú y yo,
Como amigos de una infancia perdida
donde la obligación de tener que tener
se compensaba con llegar a ser.
Dignidad, perdida dignidad ¿Dónde estás?
Te has perdido deambulando por las calles
De este barrio que dicen es popular,
¿Por qué te vas de este lugar?, ¿Por qué
te refugias en un exclusivo restorant?
Dignidad, ¿donde estás?

jueves 24 de enero de 2008

Carta a un amigo de otro mundo imaginado

Me encuentro aquí y ahora, en un planeta que ha sido dividido por la imaginación de los hombres. Ellos han creído necesario trazar líneas imaginarias sobre los bosques, los desiertos, las selvas y los océanos, y han convertido todo este patrimonio en propiedad privada. Es así como me encuentro en una masa de tierra flotante llamada América y según los límites que nos han impuesto vivo en un país llamado Colombia.

En este lugar, que los hombres consideran una Nación Estado, se encuentran además de ellos, muchos animales y plantas que por siglos han vivido aquí. Los primeros hombres que llegaron, tenían un poco de respeto por esta naturaleza y daban gracias al sol y la luna por la posibilidad de vivir cada día. Realizaban ofrendas y trataban de vivir según las leyes que les habían comunicado sus dioses a través de profetas y maestros como el sabio Bochica. Sin embargo, del otro lado del mar, llegaron hombres blancos montando sus caballos y comenzaron a ejercer su poder bajo la espada y la cruz.

Fueron 3 siglos, durante los cuales los hombres se mataron entre sí, por el control no sólo de ellos mismos, sino por las riquezas, en particular de piedras preciosas que existían en las cordilleras andinas, las selvas, valles y sabanas que habían sido despojadas a los dioses ancestrales y tituladas bajo una ilegal autoridad conocida como el rey y de otra parte por la primera institución ajena que fue impuesta desde Europa: la Iglesia Católica.

Después, los hijos de estos usurpadores, celosos del poder de sus padres, decidieron rebelarse contra esa tiranía paterna y fue así como después de sucesivas batallas entre ellos, utilizando para ello a los grupos subalternos (indios y negros así como mestizos, mulatos y zambos), los blancos nacidos en la América reclamaron la independencia de los blancos nacidos en la Europa. Sin embargo, nada parecía asegurar que la paz reinaría en una tierra que aún estaba inexplorada y sin titular a nivel particular.

Han pasado casi dos siglos desde que estos nuevos “dueños” han ejercido la tiranía en estas tierras, las patrias inventadas por ellos han lidiado con dictaduras, invasiones, luchas intestinas y acuerdos dinásticos entre las familias herederas de los criollos. Existe una gran cantidad de familias que han aprendido a flexibilizar sus demandas y ajustarse al ritmo de los tiempos, con lo cual han podido subsistir en su posición de control y regulador del avance científico, artístico y espiritual entre el común de las personas. De lo contrario habrían sucumbido hace mucho debido al deseo de libertad que nace cuando los hombres y las mujeres logran desarrollar amónicamente su cuerpo, su mente y su corazón.

Me ha tocado vivir en los finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI según los calendarios occidentales. He visto desde mi infancia a través de los medios masivos de comunicación, infamias, muertes, masacres, violaciones y demás actos de barbarie, puesto que en el país en que he nacido no ha cesado de haber guerra desde que llegaron esos primeros hombres blancos. Esta que se hace llamar una nación ha sido gobernada por unas cuantas familias cuyo poder económico ha permitido manipular la política y montar y desmontar presidentes a su antojo, e incluso de colocar una dictadura mientras se repartían el país, el cual no ha tenido la posibilidad de ser conocido en su totalidad debido a la presencia de otros seres humanos que se esconden en la selva para dar rienda suelta al odio y el resentimiento que generan tanta tiranía en los gobiernos que hemos tenido. Sin embargo, al igual que los criollos, estos hombres escudados bajo baratas ideologías y sanguinarias guerrillas, solo pretenden obtener el poder para seguir haciendo la guerra, no para construir la paz, por ello su causa esta muerta desde el principio y pasará mucho para que ellos mismos logren ser conscientes de su fallo.

Pero más allá de esta guerra donde se benefician quienes venden armas y sufren los muertos y mutilados que son nuestros hermanos, existe otra guerra más invisible y dispersa que se vive en cada uno de los rincones de este conjunto de paraísos terrenales. La presencia de una mentalidad devoradora y devastadora del mundo por parte de quienes solo piensan en acumular bienes materiales, en particular de uno llamado dinero. Con el devenir de los siglos existen muchos otros resentidos que a pesar de ser excluidos de la tierra y de la capacidad para decidir sobre la fuerza que tienen y su facultad creativa que es el trabajo, no han tomado el camino de las armas sino el de la acumulación banal de riquezas. Tanto unos y otros se terminan haciendo insensibles a los más delicados sentimientos de justicia y misericordia, de altruismo.


Dado que se cree que el consumo y la riqueza permiten acceder al poder y desde allí poder influenciarlo todo, los colombianos tiene en mente hacer dinero para poder ser más felices. Incluso muchos católicos a pesar de profesar la magna enseñanza española de un voto a la pobreza, demuestran su doble moral con sus actos cotidianos, haciéndose cómplices de las estafas, el robo de todo tipo y la evasión de sus responsabilidades. No quieren esperar hasta el día del juicio final. Han aprendido que de nada vale luchar por un crecimiento moral y ético puesto que los vivos viven de los bobos y así a pesar de protestar contra la corrupción de los gobiernos, no actúan porque de alguna manera son responsables de ello.

Vivo en una ciudad ubicada a más de 2500 metros sobre el nivel del mar, es una ciudad más bien fría, en la cual nací hace 30 años. La llaman Bogotá y en ella vivimos cerca de 7 millones de personas, es además la capital de Colombia. He crecido en el suroccidente de esta metrópolis que dicen es una de las más costosas para vivir en toda la América latina. Desde muy niño desarrollé cierta espiritualidad y sufría de serios conflictos cuando veía como los discursos iban por un lado y las acciones por el otro. Pero bueno esta perversión se va haciendo normal conforme pasa el tiempo. Toda la sociedad te enseña que debes aparentar, que lo que sientes por más que este bien debe ser callado, que solo debes pensar en ti, en estudiar para hacer plata, no para ser libre o para estar más cerca de Dios o para hacer cosas lindas y útiles a los demás. No obstante me he rebelado contra esta tiranía de la masa y he buscado conocerme a mí mismo para conocer en alguna medida porque somos así los colombianos, mejor dicho la humanidad.

Un día aquí es de lo más conflictivo que puede haber. Te levantas despertado por el claxon de algún carro atascado en un trancón, donde cientos de personas tratan de desplazarse desesperados hacia sus lugares de trabajo. Así es muy difícil que tu desayuno sea algo nutritivo para tu cuerpo, por el contrario las enfermedades han aumentado: algunos creen que el mal de nuestro tiempo se llama estrés, sin embargo hasta los mismos médicos se encuentran estresados tratando de hacerles creer a todos, la necesidad de consultar a los estresólogos pues de lo contrario serían ellos los agentes sujetos de un serio dolor intestinal.


La ciudad colapsa en determinados puntos y horarios. Son muertes súbitas que se van acumulando para hacer de esta ciudad una experiencia de continua decadencia. A pesar de ello los colombianos y muchos de mis vecinos tienen una fe ciega en el futuro, se espera la revancha, la posibilidad de ser libres en el cielo o de pronto por una gracia del espíritu santo, cuando en realidad son ellos los culpables de buena parte de su miseria. Bueno, reconozcamos que también le cabe parte de la responsabilidad a los prójimos, pues lejos de ver al hermano, con el cual experimentar el amor, se le ve como una amenaza: por que te puede quitar el puesto, porque se puede quedar con tu novia, porque te quiere robar tu dinero, o porque simplemente te tiene envidia. Es más rentable la mediocridad y la hipocresía, es un camino ancho, fácil de andar y si puedes andarlo en un vehículo último modelo, pues mejor. Lástima que el comercial no te muestra estos trancones y tampoco el smog que tiene la ciudad al amanecer y que he visto incluso en un domingo al subir a Monserrate, el cerro más insigne de esta piadosa ciudad.

Bueno querido amigo, no quiero saturarte de tanta tristeza, a pesar de lo deprimente que es este país, existen muchas personas valiosas, con las cuales hemos podido compartir esto que escribo. Sabemos que aprender a convivir en este planeta requiere mucha humildad, aquella de la que necesitan nuestros gobernantes, las guerrillas, los empresarios, etc., en fin todos nosotros. Este que se llama país es sólo un fragmento del mundo y lo refleja en su totalidad. Los problemas que he mencionado son comunes a toda nuestra civilización en mayor o menor grado, existe un rasgo estructural a la Tierra y es la de una especie que evolucionó hasta el grado de poder dominar el medio ambiente que lo rodea, con la grave amenaza de destruirlo. Su salvación no es responsabilidad de unos cuantos científicos, ni de un presidente de una nación o un consejo de autoridades internacionales. Es responsabilidad de todos nosotros.


Sin embargo, en estos parajes los hombres siguen explotándose los unos a los otros. Mientras los unos quieren mantener su poder, los otros tratan de arrebatárselo, pero no existe un discurso de reconciliación, de paz, solo se desea entrar en el grupo de privilegiados y si ha de hacerse por encima de otras personas y de otras especies, todo vale. Es hora de empezar a cuestionar esta forma de vida y más que las armas o el dinero, lo que necesitamos es la fuerza del amor. Un amor hacia los bosques, hacia otras especies de animales que tienen igual derecho a vivir aquí y ahora con nosotros, un amor que respeta nuestros ambientes y los explota de la manera adecuada, para satisfacer las necesidades de nuestra población y no los lujos de una minoría, un amor que logre que quienes siempre han gobernado permitan que los gobernados o insubordinados tengan derecho a vivir sin temor a la muerte, al hambre, a la miseria o la exclusión. Necesitamos un amor libre de las propagandas comerciales, de las fantasías de las telenovelas, de los sermones de los pastores o los curas, un amor limpio de los egoísmos o las dobles morales.

Esta no es una utopía, es solo un cambio en la noción del progreso, del desarrollo, del bienestar. Que los economistas hayamos pecado en cuanto monetizar hasta la ética y la moral, debe exigirnos ahora más que nunca el deber de aportar desde esta visión a un mundo donde el dinero vuelva a su lugar original y predomine el oikos y su conservación para nuestras futuras generaciones humanas y no humanas de las que tenemos conciencia.

Un abrazo.