Mostrando entradas con la etiqueta sectores populares. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sectores populares. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de diciembre de 2012

UNA CASA GRANDE Y BIEN UBICADA PARA VIVIR FELIZ



La vivienda es actualmente tratada como una mercancía más y en ese sentido el acceso a la misma depende antes que nada de la capacidad de pago del hogar. En Colombia, así como en la mayoría de las naciones que tienen economías de mercado, adquirir una vivienda requiere de los recursos suficientes para su compra, bien sea en el mercado de vivienda nueva como en el de usada. Incluso la compra de un lote en una “urbanización pirata” requiere de recursos y quienes carecen de ellos sencillamente deben conformarse con vivir en alquiler.

Una de las consecuencias de esta lógica mercantil es que tanto el tamaño, como la localización y la calidad de la vivienda terminan estando asociadas al precio. La política de vivienda de interés social VIS implementada en las últimas décadas -no solo en Colombia sino en varios países latinoamericanos- es prueba de ello. Para los hogares con menores ingresos, a pesar de la posibilidad de un subsidio, de un crédito en la banca comercial y de los ahorros, no existe realmente mayor libertad para elegir. Se trata más bien de aceptar lo que los ingresos pueden costear. Una casa  o apartamento grande y bien localizado se ha convertido en el privilegio de unos pocos.

Por eso es tan importante la discusión que tiene lugar en Bogotá, sobre la construcción de viviendas gratis que ha prometido el gobierno nacional para los más pobres. Imagino que para algunos es muestra de un esfuerzo del presidente Santos por luchar contra la pobreza, para otros por el contrario significará una muestra más de la relación existente entre él y los gremios de la construcción y de las medidas que se toman, buscando que las tasas de ganancias se mantengan, frente a un desaceleramiento de la demanda solvente. Por ahora, me parece oportuno, destacar que el discutir sobre la localización y el tamaño de la vivienda, nos lleva a cuestionarnos sobre la posibilidad de “desmercantilizar” el acceso a la vivienda y verla entonces desde una óptica más humana[1].
 
Frente a la discusión sobre un área de 40 o 45 metros cuadrados[2], basta señalar como durante muchas décadas el tamaño promedio de un lote comprado en una urbanización irregular era de 72 metros cuadrados. La vivienda si bien era construida poco a poco tenía unas dimensiones que facilitaban la construcción también de espacios para colocar una tienda o un negocio, e incluso para la construcción de espacios para arrendar. Con las viviendas de interés social VIS y particularmente con la más barata de ellas, denominada Vivienda de Interés Prioritario VIP, se ha caído en una situación en la cual, los pobres tienen más dificultades para aprovechar la casa como fuente complementaria de ingresos. Ingresos obtenidos no por el simple afán de lucro, sino bajo una lógica de subsistencia.

En cuanto a la localización, debe señalarse positivamente la puesta en debate acerca del derecho a vivir bien localizado en la ciudad y de luchar contra la segregación socioespacial. Cuando imperan estos deseos especuladores con el valor del suelo en zonas centrales, la actuación del gobierno distrital en defensa de los sectores de menores ingresos es de destacar, puesto que la mayoría, sino la totalidad de oferta de VIS estaba concentrada en la periferia de la ciudad. La reducción de espacios para ser urbanizados de manera informal también ha significado que hasta este tipo de oferta se ubique cada vez más lejos de las centralidades de la capital. Creer que es posible ofrecer vivienda para los grupos de bajos ingresos en localizaciones centrales permite entonces mejoras en la calidad de vida de estos hogares, representados por las posibilidades de trayectos más cortos y menos costosos hacia los lugares que concentran la mayor oferta de trabajo (formal e informal) de la ciudad.

Todos estos esfuerzos, sea la de una vivienda con las dimensiones adecuadas y una buena localización, creo que pueden ser pensadas desde una Economía para la vida, propuesta teórica y metodológica  presentada por Franz Hinkelammert y Henry Mora en un libro publicado en 2009[3]. Allí, los autores discuten sobre cuál es el objeto de estudio de la ciencia económica. Para responderla, parten de la pregunta más básica que todo ser humano se realiza: ¿cuál es el sentido de la vida? La respuesta esbozada en términos muy sencillos es que se trata de vivirla. Para ellos, los seres humanos buscan una vida material, concreta y tratan de acceder a los medios que les permitan vivir.  Lo que ha sucedido durante la hegemonía del sistema capitalista es que dicho acceso se ha ido restringiendo progresivamente a una única opción: el mercado. Como ya mencionamos en el caso de la vivienda, sea regulado o no, es el mercado y por ende la capacidad de pago lo que define el tamaño, la calidad y la localización de la vivienda.

Hinkelammert y Mora, nos recuerdan de nuevo, aquella división entre crematística y economía establecida por Aristóteles. De un lado, “el arte del lucro”, la economía utilizada para incrementar la propiedad de dinero por el dinero mismo y del otro, la economía como la ciencia que se preocupa por el abastecimiento de los hogares y de la comunidad circundante, a través del acceso a los bienes necesarios para satisfacer, potenciar y desarrollar las necesidades humanas. No obstante, en su propuesta normativa no se aboga por la eliminación de los mercados, sino por la posibilidad de someter los mercados a un derecho fundamental: el derecho a vivir. Es pues, someter el valor de cambio, la ley del valor frente a este derecho, que se constituye en base para la libertad humana.

Considero que la mercantilización de la vivienda nos ha llevado a naturalizar el dicho popular que dice “me tengo que ir: soy pobre y vivo lejos”. Recordándonos las ideas propias del análisis de tipo neoclásico, los autores critican el fetichismo que existe sobre el postulado de la eficiencia y la lucha competitiva, el cual se impone incluso frente a las exigencias por vivir. Aunque parece ya un sueño lejos de ser realidad, vale la pena discutir acerca del tamaño de las viviendas que se ofrecen. Aunque conservadora la definición de un mínimo de 45 metros cuadrados, vale la pena preguntarse si realmente no es posible que se mantengan ofertas con tamaños más dignos y tipos de vivienda más flexibles, similares a aquellas auto-construidas en décadas pasadas.

Un punto final destacado por Hinkelammert y Mora, radica en el proyecto de ser humano por el cual debería luchar esta Economía para la vida. Señalan que se trata de recuperar al sujeto y su subjetividad perdidos en el objetivismo de la tradición positivista de la sociedad moderna. Se trata de erradicar las relaciones sociales en que el ser humano es humillado, sojuzgado, abandonado y despreciado. Creo que cuando es más importante la especulación inmobiliaria se está casi que violando un derecho fundamental como es el del acceso a una ciudad en condiciones de dignidad. Lastimosamente el papel del Estado ha dejado de orientarse por las potencialidades que tiene para  “desmercantilizar” el acceso a los bienes que garanticen la vida humana. Si bien existen los canales para la participación ciudadana, aún falta mucho para que temas como el tamaño y la calidad de las viviendas construidas sea debatido entre los movimientos sociales que trabajan a escala local. Ante un discurso cada vez más fuerte de una escasez de suelo en Bogotá, puede esperarse que la mirada del acceso a la vivienda se quede anclada en estudios que hablen de costos de producción inflados o en concursos arquitectónicos de diseños de VIS precaria. ¿Existe la posibilidad de una movilización cívica alrededor de una oferta de VIS digna? ¿Podemos dejar de asociar el tamaño con el dinero y pasar a ver la necesidad de una vivienda en función del tamaño del hogar y sus necesidades? ¿Porque no nos cuestionamos éticamente por una desigualdad que se manifiesta por la construcción de esas ciudadelas de VIS y del otro lado grandes apartamentos? ¿Por qué dejar que el espacio sea definido por la capacidad de pago y no por el tamaño del hogar que lo ocupa? ¿Cómo encontrar un criterio más justo?


[1]    En el diagnóstico y formulación del Plan de Desarrollo de la ciudad, está presente de manera explícita una apuesta por pensar el desarrollo desde la perspectiva del ser humano. Véase por ejemplo Alcaldía Mayor de Bogotá. 2012. Bases del plan distrital de desarrollo Bogotá Humana 2012-2016. Disponible en http://www.sdp.gov.co/portal/page/portal/PortalSDP/Home/Noticias/HistoricoNoticias/PlandeDesarrollo
[2]    Distrito advierte que casas gratis presentadas por el gobierno son “muy pequeñas”. El Espectador. Sección Bogotá. 4 de Noviembre de 2012. http://www.elespectador.com/noticias/bogota/articulo-385200-distrito-advierte-casas-gratis-presentadasel-gobierno-son-muy-p
[3]    Hinkelammert, F. (2009) Economía, Sociedad y Vida Humana: preludio a una segunda critica de la economía política. 1ra Edición. Buenos Aires, Editorial Altamira. Para este artículo hago referencia específicamente al capítulo 1: La opción por la vida (apuntes para una ética del Sujeto desde la perspectiva de una Economía para la vida) pp.25-36

domingo, 25 de marzo de 2012

¿Qué día es el domingo?



¿Qué día es el domingo? Es el séptimo o el primero. Es el fin o el comienzo, la muerte o el nacimiento de una semana. Dios creo el mundo en seis días y descansó el domingo. Para muchos el lunes es el primer día, el regreso a clases, al trabajo, pero aquí en Brasil, el lunes es segunda-feira. A mí me sonaba como al segundo día de descanso, ya saben, por los feriados y cuando la vida pasa a menudo de carnaval en carnaval todos los días se vuelven feriados. Miro el calendario y efectivamente las semanas comienzan el día domingo. Respecto a los feriados debo olvidar aquella ley Emiliani, que nos marcó varios lunes como días de descanso, teniendo la posibilidad de iniciar la semana un martes y asumir que cualquier día, hasta un jueves puede aparecer en rojo solitario, señalándome alguna fecha histórica, alguna devoción religiosa o simplemente algún acto fundacional que marca la historia de este país, de esta ciudad.

En la vida, existen muchas cosas que pueden ser el final y el comienzo simultáneamente. Al llegar a Rio de Janeiro, cada día era final y comienzo. Las costumbres adquiridas, aquellas que me habían permitido sobrevivir en el adorable pero intenso frío de Bogotá, no me servían mucho en una ciudad costera, cálida pero desconocida. Contaba uno a uno los días, los que llevaba y los que me faltaban y cada semana que pasaba significaba estar más cerca de mi regreso y más lejos de mi llegada. Creí que la solución que me facilitaría mi adaptación habría de venir de la creación de rutinas. Cuando las adquieres alcanzas cierta comodidad, cierto apego que se vuelve afecto y que solo en el momento en que la vida nos obliga, estamos dispuestos a cambiar.      

Basílica Inmaculada Concepción Rio de Janeiro 2011
Fue así, por ejemplo, como el domingo se convirtió de nuevo, en el día de ir a misa. Es extraño porque al final de cuentas estaba recuperando una vieja rutina que había perdido en Colombia. Un sermón y las oraciones en otro idioma, otras formas de vivir la comunión se conjugaban con una estructura fija, independiente del país o del idioma. Al igual que en Colombia, me di cuenta también de la hipocresía que nos cobija. Aquella que se manifiesta al salir de la iglesia y dar una limosna al mendigo, al miserable mientras el resto de la semana nos hacemos cómplices de su explotación y humillación. Mi egoísmo se centraba en alcanzar la paz para mi espíritu en un país que detestaba, al cual no me adaptaba y solo podía ver en sus caras una falsa amabilidad, una caridad, una lástima que no deseaba inspirar. Hace muchos meses que deje de ir a misa y afortunadamente he logrado adaptarme sintiéndome bien en la compañía de algunos seres humanos que -como en cualquier país- asumen la vida de una forma más sencilla, más honesta.

El domingo también era el día de salir a correr. Esa costumbre que practiqué durante mucho tiempo, había sido también olvidada e intenté recuperarla aquí. Sin embargo, debido al calor y a que mi salud no era la mejor, opté por salir a caminar y vaya que caminé. Jornadas en las cuales iba descubriendo cada lugar de esta ciudad. Las playas que quedan en Copacabana, el aterro de Botafogo, de Flamengo, la pista Claudio Coutinho -mi preferida-, la playa vermelha, fueron los primeros lugares, así como las calles del sector de Botafogo, donde estaba viviendo y donde aún me encuentro. Veía escondidas entre los edificios, pequeñas villas residenciales, pequeños tesoros donde la vivienda aún sigue siendo tipo casa y que son muy valorizadas en medio de una zona tan densa a raíz de su cercanía con la playa. También fue ahí cuando vi algunas favelas, como la de Santa Marta, donde después iría a visitar a unos chilenos que conocí en el instituto.

Ambas prácticas han sido olvidadas una vez más. A menudo, el domingo vuelve a ser el día en que no quiero salir del apartamento. Un día para quedarme mirando al techo, escuchando una radio que me cuenta las noticias del mundo en portugués y que en un efecto reflejo intento callar, cuando conecto mi computadora y me conecto por la web a los medios de comunicación de mi país. Intento no romper el lazo y me mantengo informado y recuerdo que los domingos eran días en los cuales salíamos a realizar la venta del periódico, el día en que cada mes nos reuníamos en la Tingua Azul en Timiza. Hábitos que de nuevo fueron olvidados o abandonados.

El domingo se ha convertido en un día de calles solitarias, donde el ruido de los trancones desaparece y la mayoría de los negocios están cerrados. A diferencia del barrio popular donde crecí, estoy experimentando ahora lo que es vivir en una zona de clase media. Tengo a pocas cuadras un centro comercial y todos los domingos voy a almorzar allí. Esta costumbre es la que más he conservado para este séptimo día. Es a menudo el único contacto con el mundo externo, cuando decido esconderme. Desde el primer momento me di cuenta del tipo de usuarios que lo frecuentaban y debo decir que es muy poco lo se que puede comprar en los almacenes si eres un estudiante que vive apenas con los recursos de su beca. No obstante, habían dos razones poderosas que me empujaban a permanecer allí. La posibilidad de conectarme al wi-fi gratuitamente y del otro lado almorzar en un restaurante que extrañamente tenía bajos precios y ofrecía unos platos que mi estomago aceptaría sin protestar.

Morro de Timbau, Maré, Rio de Janeiro (*)
El domingo debe ser un día muy diferente para los que viven en las zonas populares de Rio de Janeiro. Esta ciudad tiene en la zona sur, las llamadas zonas nobles, donde viven los sectores más ricos. Algunas favelas se colaron o han sido toleradas porque en una ciudad donde el transporte es caro, estar cerca del trabajo puede representar una enorme economía para un hogar que vive con el mínimo, pero también para los empleadores. Pero es la zona norte y oeste, las más homogéneas y donde grandes complejos ofrecen la otra cara de esta ciudad. Justamente hacia la zona norte, se encuentra la ciudad universitaria y el complejo de Maré y cada vez que voy a clases allí, observó la disposición de los barrios que en orden o desorden me muestran a una comunidad que en su mayoría está en un proceso continuo de construcción de sus casas, de sus vidas, empezando o terminando una semana más como esta.  

El pasado domingo fue un día especial, un momento para romper algunas rutinas, para vivir algo diferente que sin embargo fue ocasional. Salí de Botafogo para visitar a un amigo alemán que vive en La Maré. Allí tiene su casa y un pequeño negocio donde vende productos orgánicos. Combina sus actividades académicas con otras de tipo político y en esta ocasión ofreció junto con un colega argentino, un churrasco allá frente a su local. La cuota eran nueve reales y la cita a las tres de la tarde. Como era la tercera vez que iba, no tuve problemas para llegar cumplidamente. Fue mi puntualidad, la que hizo que terminara ayudando a Timo y Emanuel mientras las demás personas que trabajan con él se encargaban de adecuar las mesas y el resto de la comida.  

Nuestro churrasco en La Maré (**)
A medida que ejercía mi rol de ayudante de Emanuel, veía transcurrir la tarde en La Maré. Si se trata de ser más especifico debo decir que el nombre del barrio es Timbau. Allí los habitantes permanecen en las calles, caminan o se sientan frente a sus casas para conversar con el vecino. Los jóvenes a menudo transitan en sus motocicletas, probablemente trabajando, llevando a alguna persona que vive en la parte más alta del morro. Los altoparlantes con los sermones de algún pastor invitando a sus fieles o la música de algún residente que aprovecha ese día, para subirle el volumen al estéreo y cantar algún samba, algún funk buscando desesperadamente que no termine el domingo y el placer de estar en casa, descansando una vez más. Preparándose para una batalla por la supervivencia en esta ciudad maravillosa.

Han llegado varias personas que conocen a nuestro anfitrión. Muchos de ellos, viven en la zona sur o en barrios del centro. Algunos son extranjeros como yo, unos se acercan para conversar con nosotros, otros por el contrario se mantienen alejados, esperando la hora de comer un buen pedazo de carne. Recuerdo ese problema, muchos caciques y pocos indios, en fin, nada raro. En mi caso, le propongo a Timo que acepte mis horas de trabajo en el asador como pago. Él lo acepta y finalizado el asado, puedo saborear una refresco hecho a base de caipiriña. Mis manos están negras por el carbón y mi cuerpo huele a asado. Una vez pasado el festín, nos dedicamos a contar nuestras historias y si bien no me gano la rifa de una planta y una agenda artesanal argentina tengo la posibilidad de hacer de este domingo un día anormal, especial, único.
A las nueve de la noche, desciendo la calle y me dirijo hacia la avenida Brasil, camino solo pero enfrento ese miedo y actúo como si estuviera en mi barrio. Soy uno más que pasa desapercibido, realmente tampoco es que tenga mucho que perder pues soy muy sencillo en mi forma de vestir y no acostumbro a andar sin más dinero que el de los buses y una que otra cerveza. El barrio empieza a quedar desolado, tal vez este barrio adquiere a medida que pasa la noche una nueva fisonomía, así como en Patio Bonito, son otros los que lo caminan, otros los que hacen uso de las calles y es por eso que muchos prefieren resguardarse pensando solo en la posibilidad de un nuevo amanecer, de un nuevo día para repetir una vez más sus propias rutinas.

Yo también espero repetir mi rutina, la que he construido en estos meses. No sé si mi semana ya comenzó o si ella terminó. No sé que tanto de lo que vivo hace parte de una nueva etapa y que pertenece al pasado. Viajando en el autobús veo alejarse el barrio popular, poco a poco lo pierdo de mi horizonte y aparecen sucesivas calles y túneles que en la oscuridad profunda de esta noche me hacen sentir perdido. He llegado a Botafogo y camino por estas calles solitarias para entrar una vez más al apartamento. ¿Ha terminado el séptimo o el primer día? No lo sé y tampoco sé que me depara esta vida.

Foto Morro de Timbau: Elisangela Leite
Foto Churraco: Facebook Roça Rio www.roca-rio.com
Las demás fotos: Hernando Sáenz
Enlace recomendado: Redes de desenvolvimento da Maré
http://www.redesdamare.org.br/mare/

jueves, 28 de julio de 2011

La planeación territorial y la emergencia de intelectuales orgánicos

Este es un artículo de opinión y por tanto las afirmaciones hechas aquí deben ser tomadas como si fueran hipótesis. Solo una investigación más estructurada podría darnos algún soporte científico para llegar a unas conclusiones más contundentes. Sin embargo, quiero hacer uso de mi derecho de expresión sobre todo por estar inmerso en el mundo académico y en particular de la economía urbana y el interés que siempre he sentido por reflexionar sobre la participación en la planeación territorial.

Mural democracia participativa, Patio Bonito, Bogotá 2010
Hecha la anterior advertencia, quiero compartir una serie de reflexiones que surgen a partir de la lectura de Gramsci y sus conceptos de revolución pasiva, hegemonía e intelectual orgánico. Para ello invito al lector a considerar en primer lugar la planeación territorial como una actividad donde tiene lugar un conflicto entre las diferentes facciones que componen las clases dominantes de Colombia. Con la constitución de 1991 y la posibilidad de introducir mecanismos de participación comunitaria, las expectativas por dar voz al resto de la sociedad, permitían albergar esperanzas por una construcción del futuro más pluralista. Hoy por hoy, los escándalos de corrupción y la pobreza generalizada en gran parte del territorio, nos llevan a preguntar si finalmente esas buenas intenciones fueron en realidad una estrategia de las elites para seguir ejerciendo su hegemonía.

La revolución pasiva

La revolución pasiva es un término empleado por Gramsci para designar el proceso por el cual tiene lugar una reorganización constante del poder del Estado -en su relación con las clases dominadas- para preservar la hegemonía que ejerce la clase dominante y excluir a las masas de la posible influencia que puedan alcanzar sobre las instituciones económicas y políticas.

Amanecer, Municipio de Pauna, Boyaca, Colombia
El uso de la fuerza represiva por parte del Estado, para preservar el poder, tiene que complementarse con la función educadora, que lleve a la construcción de determinados consensos transversales a toda la sociedad. Tenemos entonces un Estado que castiga, que educa, que racionaliza nuestras conductas y por tanto construye un sentido común donde los intereses antagónicos desaparecen para dar una imagen de unidad donde los explotados terminan defendiendo los intereses de sus explotadores.


Sin embargo –nos recuerda este autor- las clases dominantes están dividas en grupos más pequeños. Algunos tienen un liderazgo moral e intelectual y por ende generan una visión del mundo que se impone al resto, sin la necesidad del uso de la fuerza. La dominación ideológica es llevada a través de la escuela, de los medios de comunicación, la cultura y a través de políticas reformistas. Es así como se ejerce la hegemonía, es así como se impone una ideología.

¿Planificación participativa para qué?

A partir de esa lectura del estado y de cómo las clases dominantes imponen una ideología y ejercen su hegemonía, nos podemos preguntar si finalmente los esfuerzos por abrir la participación al resto de la sociedad, terminaron convirtiéndose en una estrategia para preservar el control de los territorios y sus recursos.

La tensión entre las elites regionales y el gobierno central, evidencia esa fractura que existe al interior de los grupos que dominan el país. El ascenso de los nuevos ricos que se han beneficiado de las ganancias que deja el comercio de la droga y las viejas familias que ejercen el gamonalismo y el clientelismo a nivel regional se enfrentan a los grupos que tienen su sede en la capital.

Municipio de Pauna, Boyaca, Colombia
La constitución de 1991 permitió que la voz de las comunidades -excluida de los pactos que tenían lugar a puerta cerrada- fuera incluida con el propósito, de alcanzar consensos democráticos sobre el futuro regional y urbano. Sin embargo, la participación se ha limitado a una simple validación del libreto que ya trae el estado. Un libreto elaborado y reelaborado por las mismas elites que siguen disputándose el poder y la hegemonía y que ahora deben batirse en una arena que es más pública pero no necesariamente más participativa.

En ese juego de intereses, cada fracción trata de hacer prevalecer sus discursos y de convencer a las comunidades de apoyarlas: En ese sentido la función educadora de los partidos políticos y de organizaciones comunitarias, algunas de ellas con apoyo de ONG se ponen a prueba en cada escenario abierto por el estado. La idea es convencer a los demás que el interés particular puede ser el interés general y que su defensa conllevará los beneficios al conjunto de la sociedad.

Ahora bien, la estrategia empleada para conseguir ese objetivo ha sido la cooptación de los pequeños brotes de ejercicio ciudadano y de manera particular de los liderazgos comunitarios. No significa que todos esos líderes hayan sido ingenuos, pues existían ya bases para que desde las comunidades la respuesta fuese positiva al coqueteo de la corrupción y del favorecimiento personal, a partir de ese rol que se ejercía a favor de terceros. Pero teniendo en cuenta que, para otros la expectativa de la planeación participativa aparecía como una posibilidad para democratizar la sociedad, como un campo de lucha política, es necesario dar cuenta también de aquellos que aceptaron el reto de entrar al estado y de los retos que han enfrentado frente a esos vicios que ya trae nuestra manera de gestionar lo público.

La cooptación es una de las estrategias empleadas por las clases dominantes para alcanzar los consensos que se requieren a nivel del colectivo. En ese sentido, los líderes comunitarios que comienzan a trabajar para el estado se ven ante la encrucijada de defender los intereses de sus comunidades y los de su empleador. No es extraño ver esa situación en el caso de Bogotá, donde se ha desarrollado una gran institucionalidad participativa involucrando liderazgos comunitarios que antes ejercían su actividad al margen de la esfera estatal con relativo reconocimiento entre sus comunidades.

Intelectuales (planificadores) orgánicos

Frente a la dictadura que podía ser establecida por los comunistas en la Unión Soviética a nombre del proletariado, Gramsci señalaba los riesgos que se corrían dejando el poder en manos del partido y de una clase directamente beneficiara de él, pues podían perpetuarse en el poder y nunca acabar con el estado. Uno de los argumentos que justificaban esa transición según los intelectuales del partido era que los sectores proletarios carecían de intelectuales que les guiaran en ese proceso. Por tanto ellos debían asumir esa dirección. Así pues, intelectuales surgidos en la clase burguesa dirigieron las revueltas proletarias. Frente a esa situación Gramsci proponía la formación de un tipo de intelectual que surgiera entre la clase operaria y no fuese cooptado por las clases dominantes. Su tarea sería la de construir con sus comunidades otra ideología que pudiera ser contrahegemónica.

Bosa San Bernardino, Bogotá, 2009
Retomando de nuevo el caso de Bogotá, es preciso recordar que no cualquiera puede trabajar en el estado. Así pues, los profesionales que han surgido en los barrios populares y que cumplen con el doble requisito de formación académica y trabajo comunitario son altamente valorados por el estado que se siente incomunicado para adelantar sus procesos de planeación participativa. Con la salida de estos profesionales del campo comunitario se pierde una enorme posibilidad de procesos independientes. No obstante, es justo decir que muchos consideran que su entrada al aparato burocrático puede ayudar desde adentro de la institucionalidad y otros más pueden sencillamente utilizar su trabajo comunitario como plataforma para mejorar sus condiciones laborales sin considerar ningún conflicto al asumir ese nuevo papel.

Con todo y esta variedad de situaciones, podemos agregar que al igual que sucedía en el contexto de análisis de Gramsci, esa cooptación permite que finalmente quienes han ejercido el poder, logren conservarlo sin mayores amenazas en la medida que controlan los posibles liderazgos que van surgiendo desde los grupos históricamente excluidos. Cualquier intento de desacato fácilmente lleva a la sustitución del planificador por otro técnico mientras que la generación de un nuevo líder comunitario puede tardar mucho tiempo.

¿Ante ese panorama que hacer? No solo se vive la amenaza física por parte de los actores del conflicto armado, sino que ahora el reconocimiento estatal también limita el accionar de estos líderes. Ni hablar de la corrupción o el clientelismo que han sabido acomodarse a esta nueva forma de gestión para seguir apropiando indebidamente las rentas públicas.

Un intelectual orgánico, surgido en los barrios populares o en la vereda campesina debe ante todo conocer muy bien el lenguaje técnico de la planificación. Es necesario para poder manejar un mismo nivel de interlocución, pero debe tener la capacidad para traducir los contenidos y las demandas de sus comunidades en ese esquema. Este líder hace las veces de un traductor intentando colocar cada pieza del rompecabezas en las fases técnicas del proceso participativo. Las experiencias muestran que es muy difícil cuando esos planificadores son externos a las comunidades, pues hay una mirada diferente y un proceso de reinterpretación que a menudo es incompatible con lo que realmente se dijo. Cuando el profesional se va, las comunidades vuelven a quedar aisladas y se pierde de horizonte la fase posterior al ejercicio participativo. Esa situación puede cambiar cuando ese planificador sigue viviendo con las comunidades y eso es más fácil cuando ese personaje es también residente.

Pero la salida del barrio o del municipio es una opción válida incluso para los líderes comunitarios. Dado ese capital social, intelectual o humano se diferencian del resto de la población y al estar en contacto con las clases medias o altas pueden fijar un estándar de vida que intente emular esos estilos de vida consumistas. Ello sucede independiente del partido político y es así como esos liderazgos en plena vía de ascenso social terminan jugando el rol de una nueva clase media con intereses particulares a defender y que son validados positivamente por la sociedad. Se recomienda que en la medida de lo posible quienes puedan hacerlo, salgan de los barrios pobres, dejando atrás a quienes son percibidos como perdedores, fracasados o como una amenaza. El resultado final es una comunidad sin liderazgos y unos líderes desclasados que a pesar de hablar de sus comunidades cada vez están más lejos de ellas. Vivir la cotidianidad del barrio es fundamental aunque casi nadie presta atención a ese factor, compartir el día a día es vital para sostener las redes y quienes se van tarde o temprano serán extraños a lo que acontece allí.

Finalmente…

Ya podemos imaginar la recomendación que surge a partir de estas reflexiones. Para un intelectual orgánico, para un planificador surgido desde los barrios populares o las veredas campesinas, será fundamental su permanencia en el territorio en el cual ha surgido. Sus posibilidades de ascenso social y/o económico pueden ayudar a valorizar sus territorios en la medida en que promueve la heterogeneidad social y no ese aislamiento de los pobres en su propio lugar de residencia. Si finalmente su interés personal es más fuerte que el de la colectividad y quiere salir, puede hacerlo, pero asumiendo el costo de perder representatividad en ese espacio. Tal vez logre consolidarse e ingresar a formar parte de las clases medias pero difícilmente contribuirá a mejorar las condiciones de los excluidos pues la posición de cada actor es vital en este juego de representaciones.

Municipio de Pauna, Boyacá, Colombia 2009
Si algo ha sido constante en la historia de la planeación territorial, es que los sectores de menores ingresos siempre han tenido que vivir sin voz. Ahora que se les invita a hablar, se les entrega un libreto pre-elaborado y cuando tienen la posibilidad de que un líder ayude en la realización de una contra propuesta, la historia termina teniendo el mismo final. Existen quienes proponen crear espacios ajenos al propuesto por el estado, esa es una salida, otros rechazan utilizar el mismo lenguaje técnico de la planeación y finalmente estarían quienes seguirían considerando que estar dentro del estado es una oportunidad para cambiar la realidad de desigualdad que nos caracteriza.

Cada líder comunitario debe realizar constantemente un ejercicio de auto-critica, de auto-reflexión que le lleve a revisar cuáles son sus objetivos, sus metas. La movilidad residencial, el cambio de barrio se ha convertido en un elemento importante para validarnos socialmente. Salir del barrio popular para el conjunto residencial demuestra que somos exitosos y que dejamos atrás la pobreza para pretender ser reconocidos por quienes están encima ¿Pero es eso finalmente lo que se busca? ¿La estrategia del liderazgo finalmente va hacia allá?

Existen muchos motivos para explicar los cambios residenciales, pero dejándolos a un lado y centrándonos en el factor de prestigio que confiere la ubicación espacial, debemos cuestionar entonces esos liderazgos que se valen del discurso de lo popular para saltar hacia una clase media consumista. Es una inconsecuencia de primer grado presente en grupos de derecha como de izquierda. Si algo puede ayudar a pensar en un intelectual orgánico ha de ser en un fortalecimiento aún mayor con el barrio de quienes se dicen trabajar por él. Serán los primeros en promover que quienes mejoren socialmente se queden y contribuyan para que ese lugar mantenga la vitalidad necesaria y en el caso que la relación con el estado sea estéril, promover aquellas iniciativas independientes que ayuden a construir unidad. 

Este pequeño acto de rebeldía frente a la cultura que asocia ascenso social y localización residencial puede ser aunque parezca insignificante o imposible un punto de partida para luchar contra la cooptación, puede extenderse a un cuestionamiento de todo un estilo de vida impuesto desde el mercado y llevarnos a construir otra ideología. No hay evidencias que puedan demostrar esta sugerencia pero al fin de cuentas es una opción que puede evaluarse y mejorarse o sencillamente reelaborarse en la medida en que el proceso de reflexión de estos líderes tenga un espacio en medio de tanto activismo.

martes, 7 de diciembre de 2010

PATER ET FILIUS


I
Amanece lentamente en Bogotá. La luz se va colando por las ventanas y el frío se mantiene. Ese color gris, que hace de ésta, una ciudad triste y cabizbaja que mantiene en silencio las preocupaciones de hombres como él, que llevan toda una vida madrugando para encender el motor de su vida y transitar por las calles, buscando un destino vacío de toda felicidad.
Los gallos cantan en la madrugada, pero este no es el campo, donde vivió su infancia. Es una fea ciudad, donde las calles sin pavimentar, están colmadas de ese barro que mancha los viejos zapatos que son débilmente lustrados por sus hijos. Un barro, que tardará en secarse y que quedara convertido en polvo, debajo de los pedales del freno y el acelerador.
Mientras se toma el primer tinto del día y enciende su cigarrillo, inspecciona las sillas y revisa las llantas, no quiere que en el primer viaje del día, una pinchada arruine la jornada. Ha sacado la buseta del improvisado garaje que tiene en el casa-lote donde vive. Mete el cambio y arranca una vez más como en los últimos 32 años hacia el paradero, donde muchas personas esperan llegar temprano a sus lugares de trabajo. Una rutina que aja su piel, cuarteada por la gasolina y las tristezas que se viven a diario cuando se está sumergido en la pobreza.
Las noticias en la radio no son nada alentadoras. Los barrios de la capital son cada vez más inseguros, o por lo menos eso dicen los periodistas, pero en realidad, él sabe que siempre ha sido así. Cuantas veces han tenido que lidiar con ellos. Recuerda aquel ladrón atrapado robando un monedero y la golpiza recibida por la gente que quería cobrar justicia por su cuenta. Recuerda también la época en que robaban a los conductores y el negocio de cabinar los carros como protección. Una protección que ha sido denunciada por los pasajeros que quedan en una situación de indefensión cada vez que los malandros deciden atacar. Cuando se estrenaron los motores diesel, la inseguridad llevo a que cada parte de una buseta estuviese contramarcada tal como sucede con los vehículos particulares. Definitivamente, el pasado no ha sido mejor y por eso al escuchar las noticias siente que el tiempo no se ha movido y que esta en un presente infinito, en una ruta circular donde no hay comienzo ni final, solo un transitar eternamente.
Una maldita rutina que se olvida con la cerveza. Eterna compañera que más de una vez dinamitó las peleas con su primera cónyuge. Es la única forma de olvidar esta mierda y de caer en un profundo letargo que se borrara al día siguiente con las necesidades de seguir sosteniendo a una familia que creció  en poco tiempo y que no se cansa de pedir dinero, para poder comprar un cuaderno, un lápiz o para poder ir a un internet para conseguir la tarea. Una familia que se ha acostumbrado a dormir hacinada en una pieza, pues los sueños de una vivienda propia, se desvanecieron como el humo de un cigarrillo.

II
Permanece dentro de la buseta. Está lloviendo y son las 10 de la noche. No ha podido salir de ella, para poder desvararse. Sabe que no hay otra opción. Cuando era joven, había tenido que permanecer solo en la carretera, esperando la ayuda de algún camionero que le enseñara y fue así como se hizo un especialista en mecánica. Hoy, los jóvenes deben tener bachillerato y cursos del SENA y carecen de la experiencia que él ha logrado acumular. Sus manos se engrasan, se ensucian y tiene que lavarlas con gasolina. Ojala fuera así de fácil con sus hijos, pero los seres humanos no son máquinas, por más que en su lenguaje predominen las comparaciones, la autonomía que tienen es algo que dificulta conducirlos por la vía adecuada.
¿Qué puede hacer? Se pregunta una y otra vez. ¿Porque a él? En el paradero se han contado varias historias similares. Muchachos que crecen solos y que terminan mal. Algunos se vuelven delincuentes, otros drogadictos y los que mejor futuro logran terminan como choferes, replicando una vez más esa trampa de la pobreza. Llenando sus cuerpos de cerveza y tabaco, de fe y esperanza pasajeras, esos jóvenes pronto serán padres y el motor volverá a encenderse para llevar a cientos de almas por las autopistas que cambian de nomenclatura constantemente, extraviando a quienes han recorrido las venas de este corazón que se infarta con tanta congestión.
Una varada tras otra y un patrón que sencillamente espera poder chatarrizar el vehículo, pues la modernización del transporte no da espera. Para ese conductor sin embargo, el tiempo se ha quedado congelado, cada vez está más arrinconado, más excluido. Es difícil el cambio, como difícil la pensión. Es una muerte lenta y dolorosa, como un cáncer, porque mientras más buses articulados corren entre estaciones, menos espacio queda para busetas que como esa están desahuciadas, conducidas por hombres que tienen miedo a enfrentar una vida sin sus adoradas máquinas.
Una vida que lo sobrepasó y que no le brindó mayores expectativas que las de seguir tomando cerveza, para hablarle a cualquier desconocido acerca de sus experiencias pasadas y de las mujeres que cayeron rendidas ante su atractivo. Una vida, caracterizada por las rutas en las cuales trabajó, los modelos de los vehículos que condujo o el número de pasajeros que transportaba y que no han dejado de disminuir a lo largo de estas décadas.
III
Otro día más. Se despierta y después de ducharse, calienta un tinto mientras sus hijos duermen. Enciende un cigarrillo y revisa la buseta, asegurándose que todo este en correcto orden. Espera que el día sea bueno, para poder pagar el arriendo. Entre los chistes de sus compañeros, entre los semáforos y los carros conducidos por elegantes mujeres y acompañado de las noticias de la radio, mira este mundo transcurrir a través del retrovisor. Preso del estrés hace sonar su pito en el trancón y se alegra cuando lo ve en la calle. Él se sube y cruza la registradora para sentarse a su lado y conversar mientras aprovechan esa pequeña coincidencia de destinos.
Le cuenta a su hijo del trabajo, también le habla de algún compañero –a los cuales siempre les ponen apodos- de la empresa y de las varadas que son cada vez más frecuentes. Por su parte, él lo escucha y le cuenta también de sus experiencias. Escucha atentamente acerca de la universidad donde él trabaja y de las cosas que hace un profesor de pregrado. No entiende porque esa obsesión de seguir estudiando, mucho menos sabe para que es un doctorado y porque debe hacerlo fuera del país, pero sabe que este hijo ha logrado salir adelante y eso lo hace muy feliz.
Ambos recuerdan cuando trabajaron juntos: Al salir de clase en la universidad, su hijo lo esperaba en alguna avenida de esta ciudad. Esperaba a veces horas y horas y en algunas ocasiones ese encuentro se frustraba. Él recuerda que no había teléfonos celulares y que solo podía enviar sus mensajes con los otros choferes -estaba varado o ya había pasado por ese sitio donde era la cita-. Por la noche podían comunicarse y al día siguiente volvían a ponerse una cita y la rutina tendía a reproducirse.
Recordaron también el accidente, las varadas compartidas y la economía del paradero que alguna vez su hijo escribió en un periódico del barrio, cuando había mucha agitación por la inauguración del sistema Transmilenio. Ahora, este hijo ya no puede acompañarlo, ni hacerle las cuentas cada noche. Ahora transita solo en la buseta, acompañado a veces por otros amigos, quienes a menudo son conductores desempleados que buscan en sus ex -compañeros algo de ayuda mutua.
Claro, también recordaron esos momentos en que conversaban en las cantinas del barrio o en la tienda del paradero tomado cerveza. Su hijo, estaba harto de aquellas personas que se burlaban o hablaban mal de los choferes y tuvo que aprender a convivir con esa hostilidad no solo en la Nacional, sino también en los Andes. La quema de buses, los robos de los producidos, los insultos de los usuarios del transporte siguen presentes, según le cuenta su hijo, quién se ha acomodado mientras extiende su mano para cobrar el pasaje y dejar que él, use el pito para presionar a otro chofer que se demora en arrancar. Su hijo, como siempre le reitera una vez más lo orgulloso que se siente de tenerlo como padre y él decide en ese momento acelerar una vez más para alcanzar cruzar esa avenida y dejar atrás ese trancón.  
Le ha prometido volverlo a acompañar un día en vacaciones pero siempre se le olvida. Además le ha preguntado por el sistema integrado de transporte, le ha indagado sobre su percepción del Metro y si conoce los estudios sobre el tren de cercanías. Para él todo son amenazas. Que buenos aquellos tiempos cuando tenían el control de la movilidad en esa ciudad ochentera. Había tanta abundancia que podían derrochar sus ingresos en cerveza y mujeres. Nada de eso queda, como un viejo marinero o un dinosaurio, espera esa pensión malograda por años en los que nunca pagó aportes. Su hijo, le cuenta una historia de un escritor Saramago y se siente identificado en la incertidumbre del futuro, cuando se da cuenta de que ya no son tan importantes para la ciudad.
IV
Un silencio aparece entre padre e hijo. Ese silencio que calla pero dice mucho. Así sucedía en el pasado y su hijo piensa en ese momento mirando a través del panorámico, en las ocasiones que quiso sincerarse y compartirle aquellas emociones que sentía por una mujer en la facultad. Pero él, veía el mundo desde otra perspectiva. Rápidamente se despabila observando una chica muy guapa que camina por la acera. Su padre hace sonar el pito en un acto que para ella probablemente solo suscite pena, indignación o indiferencia. Él  se dirige a su hijo y le pregunta si tiene alguna compañera. Nunca lo vio en la universidad con alguna novia pero suponía que era un don Juan y que probablemente sería alguna chica acomodada, pero solo cuando estaban borrachos era capaz de decírselo.  
En realidad, su hijo, vivió una época marcada por la soledad, el desamor, la frustración, la desorientación. Era tal el conflicto personal que ni siquiera confiaba en sus capacidades de alcanzar el grado. Se preguntaba a menudo  si para quienes son pobres y tienen la posibilidad de estudiar en una universidad es posible la superación de ese complejo de inferioridad. Pero él, nunca se enteró de eso, por el contrario nunca creyó realmente que estudiar sirviera y por eso tan pronto se graduó de la universidad le sugirió buscar trabajo en la empresa de buses. Tal vez allí podría ser despachador y tener un mejor futuro que él. Pero su hijo no aceptó y ahora es profesor universitario.  Y ahí está, en su lucha por conseguir la libertad. 
El viaje está malo, la buseta no se ha llenado y tal parece que hay otro trancón más, otra vez, llegará tarde a la casa, otra vez llegará y verá a sus otros hijos dormir o hacer las tareas que no han hecho en la tarde, si por lo menos estos fueran igual de juiciosos al mayor.
Viajar y viajar, cruzar la ciudad de norte a sur, sus recuerdos están asociados a la buseta y los barrios que conoce. Él ha visto cambiar a esta ciudad, ha visto como se da la expansión, como la gente se atreve a vivir en las laderas de montañas inestables o a caminar largas jornadas para llegar al paradero y se da cuenta también de cómo se va volviendo viejo, como el modelo de su buseta, cuando ya no puede ver sin anteojos o cuando descubre que ya no tiene la misma fuerza porque ahora tiene una hernia o porque sus pulmones están repletos de la nicotina de poco más de 3 décadas de trabajo.
Su hijo, cruzó la registradora y se despidió. Ahora lo ve por el retrovisor, cruzando la avenida rumbo hacia la universidad. Continúa su viaje y llega al paradero en Suba. Almuerza y escucha a sus amigos de trabajo, quienes ojean un periódico amarillista cuyo titular habla de algún asesinato en el barrio y de alguna actriz porno y sus habilidades sexuales. Cansado, se irá a acostar en la última silla, l-a que llaman de los músicos- y dormirá un rato mientras le toca su turno de arrancar. En ese pequeño instante, pasan por su mente la imagen de su padre, que perdió a los 7 años cuando vivían en el campo, pasa la imagen de su hermano mellizo quién falleció hace un par de años y finalmente, sus hijos, los que ha tenido con su segunda compañera, los que lo desvelan actualmente. Tiene miedo de dejarlos solos y tiene miedo de que algo les pase. Su paternidad si bien se puede centrar en llevar un diario a la casa, encubre el amor que siente por ellos, un sentimiento que nadie le enseñó como expresar pero que espera que sus hijos puedan sentir y entender.
V
Amanece lentamente en Bogotá. La luz se va colando por las ventanas y el frío se mantiene. Ese color gris, que hace de ésta, una ciudad triste y cabizbaja que mantiene en silencio las preocupaciones de hombres como él, que llevan toda una vida madrugando para encender el motor de su vida y transitar por las calles, buscando un destino vacío de toda felicidad.
Sin embargo, la felicidad existe y lo llena de esperanzas. Coloca en el pasacintas unas buenas rancheras y se dirige hacia el paradero con la energía renovada. Su máquina se encuentra lista para otro día más de rodar y rodar por estas calles. Las personas corren presurosas a su encuentro, él sabe incluso que algunos suplicaran que les deje subir y que muy probablemente alguna bella mujer se sentara a su lado. Una vez lleno el cupo, acelerará y partirá.

Así es esta vida, un ir y venir, un tránsito en medio de señales que nos advierten de nuestras debilidades, de nuestros miedos y de las cosas que amamos. Algunos se dedican a correr deprisa y mueren estrellados, otros van lentamente obstruyendo el camino de los demás, otros intentan ganar la competencia y unos cuantos más desean poder detenerse para mirar el mundo que pasa por el retrovisor e invitar a sus amigos a viajar juntos. Algunos logran viajar en avión o en barco, otros siguen a pie caminando. Otros como él, seguirán trabajando como choferes de bus urbano, esperando que llegue el momento de apagar su motor para retirarse a descansar en esa fría noche bogotana, con la certeza de que mañana sera otro día, tan solo un nuevo día.

jueves, 13 de mayo de 2010

LOS SUEÑOS QUE ME SUSURRA EL VIENTO (PARTES VI Y VII FINAL)

VI

Miller aprovecha para ir al pueblo a dejar en la lavandería su chaqueta y esperar a una prima que viene de trabajar o estudiar, -no recuerdo muy bien- desde la ciudad. Él la espera para acompañarla de regreso a la vereda. Miller se ha acostumbrado a la noche en el campo, cuando se queda en alguna gallera o cuando esta de visita donde sus amigos o familiares, regresa a estas horas a la vereda. Pero doña Tulia se preocupa mucho cuando él o alguno de sus otros hijos (Miller tiene dos hermanos) tarda en aparecer. A veces les reprocha que no llamen para avisar que se demoran y debido a lo peligroso que se esta poniendo el ambiente es mejor llegar temprano. No obstante a veces Miller ha llegado a medianoche. Se baja en Usme y camina rápido, sin embargo la iluminación sólo llega hasta determinado punto y queda a la deriva de los rayos que la luna desee brindarle. Hay una curva en especial en el camino donde corre un arroyuelo y donde hay varios árboles frondosos en donde la oscuridad es más profunda, sin embargo nunca le ha pasado nada. Cuando tenía 5 años se perdió en el páramo, cogió por un camino equivocado y se separó del resto de la familia. Caminó y caminó y al cabo de media hora, sintió la inmensidad de la soledad allí en ese lugar. Más tarde que temprano logró encontrar el camino y regresó a su casa, pero ahora cuando la noche lo alcanza prefiere no llegar por el Uval, dicen que se ha vuelto peligroso y es mejor no probar.


Hemos llegado sin contratiempos a Usme, la noche se ha instalado en su trono y nos vigila a su amparo. Estos días de enero son bastante propensos a la pereza y muchos habitantes sobretodo jóvenes se reúnen para ver a las muchachas más guapas y para jugar en el parque. Frente a éste, está el Hospital de Usme, según Miller van a ampliar el tipo de cobertura (del primero pasa al segundo nivel), si a ello se suman los trazados que dan continuidad a importantes avenidas de la capital y a la aprobación del decreto de urbanización, los costos de arriendo se dispararán y será más difícil vivir allí. Es el eterno problema de ser expulsados –mas no incluidos- por el progreso, la constante de la Atenas suramericana.


VII


Cuando sueño con llegar a viejo, pienso en cómo será esta ciudad, como será este planeta. Pero me veo a mí, rodeado de niños y niñas hablando del pasado, trayendo las memorias de hombres y mujeres que me antecedieron y de quienes en alguna manera aprendí sobre cómo vivir la vida. Cuando me pongo a pensar que estas fotos, son una enorme fascinación que me impulsa a congelar el tiempo y el espacio con la presión sobre un obturador y el flash, siento remordimiento de no poder revivir todo lo que acompaña estas imágenes, las sensaciones, los olores, el sonido. Aún no cuento con una filmadora, olvide mi grabadora y la posibilidad de guardar los registros de las voces y sonidos del campo. Así pasó antes, en la infancia de mi madre y en las visitas a Pauna, cuando mi tío aún vivía, cuando el tío Luís vivía o cuando mi abuela vivía. Hace unas semanas pude recuperar un fragmento del pasado revelando unas placas fotográficas con la imagen de mi padre, mi tío Segundo y mi abuela paterna. Ellos tenían menos de cinco años y vistiendo de blanco dejaron un recuerdo a las generaciones que venían. Hoy, ni mi abuela Evangelina, ni mi tío viven, pero esa imagen me deja entrever algo de su mundo, así como Muñoz Molina entrevió algo y creó su obra “El Jinete Polaco”, eso es lo que me fascina de esa novela, algo que vivo permanentemente y que lamento cuando Nani hecha de menos un recuerdo fotográfico de su infancia y de los seres queridos. Por eso, esta afición a fotografiarlo todo, sin más deseo que eso: atrapar el tiempo y el espacio para mantener atrapada la vida.


Me cuesta tanto aprender a vivir sin el pasado, pero hago mi mejor esfuerzo, sé que nos acompaña, que se esconde en las dendritas de alguna neurona de mi cerebro, que activa mi memoria, bajo la influencia de determinadas circunstancias. El paseo de hoy, ha activado cientos de recuerdos que me han impulsado a organizarlos en este breve cuento, que carece de imaginación y cuenta con muchos elementos autobiográficos. No he estudiado para convertirme en escritor, así que me doy una licencia para romper las reglas de cómo hacer una novela o de enlazar a mis personajes alrededor de una trama. Más bien, trato de demostrarme, que en lo común de nuestras vidas se encuentra el material suficiente para inspirar a los poetas o a los escritores para desarrollar sus obras literarias. Más que ir a Paris o a Venecia, de estudiar al lado de no sé quién o de pascual, las mejores historias provienen para mí, de la sencillez de nuestras vidas y de la capacidad para apreciar grandes sucesos, trascendentales sucesos, alrededor de una problemática particular a nuestras naciones latinoamericanas. La desaparición de lo que antes era inmutable como la vereda, o de vivir detrás del volante de una buseta de servicio público con la tragedia que estos cambios implican para quienes se han fosilizado en el pasado, pueden además de ponernos al tanto de nuestra realidad, enseñar nuestro verdadero rostro, nuestra identidad. No sé si exista un vacío en la literatura de este país. Si a alguien le importan las vidas de las personas de a pie, del soldado que es secuestrado, de los campesinos expulsados no sólo por los paramilitares o la guerrilla sino por quienes necesitan esa tierra para sus negocios de exportación, del conductor que tiene que ver chatarrizar su buseta y pensar en un futuro marcado por Transmilenio y de muchos más grupos que se han mantenido al margen con sus propias reglas y son sometidos a vivir bajo otra lógica, la de la inclusión forzada. Ello no quiere decir que rechace la literatura universal, simplemente señalo que nuestra región podría enseñarles y enriquecerla con su singularidad.


He regresado a mi pieza, esperando que esta noche, el dolor de cabeza me abandone, deseo caer en un sueño profundo, pero además deseo tener la suficiente persistencia para terminar esta historia. He escrito un borrador en mi cuaderno y al ver la hora en el reloj, apago la luz. Mañana este día será otro recuerdo más y cada vez que vuelva a leer este cuento recordaré los momentos que tal vez pueda acompañar con las imágenes que mi mente logre conservar. Tal vez, saque de un baúl las fotografías donde me vea a tu lado y recuerde lo linda que te veías con tu cabello al aire o aquella foto con las montañas de fondo, sobre la roca a punto de conquistar el mundo. Pero todo eso son especulaciones de un futuro que aún no es pasado. Espero llegar a este tiempo solo o contigo y decir que he logrado salir victorioso de mi única lucha: aprender a amar la vida.