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sábado, 31 de octubre de 2020

TIEMPOS DE ANSIEDAD, TIEMPOS DE CRUELDAD

 

 

Tiempos de Aquelarre

oscuridad y amenazas de tormenta

el frío día de octubre

y la tristeza de un corazón

 

De la serie Bosque Andino en Tena 2019- # 1- Hernando Sáenz
 

Tiempos de batalla

la soledad instalada en el salón

el lamento ahogado en el silencio

y el recuerdo transformado en simple ilusión

 

Tiempos de ansiedad

las estadísticas en el televisor

el dolor cuando se dice adiós

y el duelo convertido en depresión

De la serie Bosque Andino en Tena 2019 -# 2 - Hernando Sáenz


Tiempos de crueldad

la competencia comprando emociones

la solidaridad extraviada

la déspota eficacia entona su canción

 

Tiempos y tiempos

girando en el universo relativista

atrayendo planetas y asteroides

a la creativa destrucción

De la serie Bosque Andino en Tena 2019 # 3 Hernando Sáenz

 

Tiempos nuevos, tiempos viejos

pasado, presente y futuro

vivir atrapado en el momento

sin consciencia de eternidad

 

Tiempo que es, tiempo que no será

conspiraciones espaciales y terrenales

creer en un tiempo espiral

perderse en un instante, para siempre, una vez más


domingo, 25 de marzo de 2012

¿Qué día es el domingo?



¿Qué día es el domingo? Es el séptimo o el primero. Es el fin o el comienzo, la muerte o el nacimiento de una semana. Dios creo el mundo en seis días y descansó el domingo. Para muchos el lunes es el primer día, el regreso a clases, al trabajo, pero aquí en Brasil, el lunes es segunda-feira. A mí me sonaba como al segundo día de descanso, ya saben, por los feriados y cuando la vida pasa a menudo de carnaval en carnaval todos los días se vuelven feriados. Miro el calendario y efectivamente las semanas comienzan el día domingo. Respecto a los feriados debo olvidar aquella ley Emiliani, que nos marcó varios lunes como días de descanso, teniendo la posibilidad de iniciar la semana un martes y asumir que cualquier día, hasta un jueves puede aparecer en rojo solitario, señalándome alguna fecha histórica, alguna devoción religiosa o simplemente algún acto fundacional que marca la historia de este país, de esta ciudad.

En la vida, existen muchas cosas que pueden ser el final y el comienzo simultáneamente. Al llegar a Rio de Janeiro, cada día era final y comienzo. Las costumbres adquiridas, aquellas que me habían permitido sobrevivir en el adorable pero intenso frío de Bogotá, no me servían mucho en una ciudad costera, cálida pero desconocida. Contaba uno a uno los días, los que llevaba y los que me faltaban y cada semana que pasaba significaba estar más cerca de mi regreso y más lejos de mi llegada. Creí que la solución que me facilitaría mi adaptación habría de venir de la creación de rutinas. Cuando las adquieres alcanzas cierta comodidad, cierto apego que se vuelve afecto y que solo en el momento en que la vida nos obliga, estamos dispuestos a cambiar.      

Basílica Inmaculada Concepción Rio de Janeiro 2011
Fue así, por ejemplo, como el domingo se convirtió de nuevo, en el día de ir a misa. Es extraño porque al final de cuentas estaba recuperando una vieja rutina que había perdido en Colombia. Un sermón y las oraciones en otro idioma, otras formas de vivir la comunión se conjugaban con una estructura fija, independiente del país o del idioma. Al igual que en Colombia, me di cuenta también de la hipocresía que nos cobija. Aquella que se manifiesta al salir de la iglesia y dar una limosna al mendigo, al miserable mientras el resto de la semana nos hacemos cómplices de su explotación y humillación. Mi egoísmo se centraba en alcanzar la paz para mi espíritu en un país que detestaba, al cual no me adaptaba y solo podía ver en sus caras una falsa amabilidad, una caridad, una lástima que no deseaba inspirar. Hace muchos meses que deje de ir a misa y afortunadamente he logrado adaptarme sintiéndome bien en la compañía de algunos seres humanos que -como en cualquier país- asumen la vida de una forma más sencilla, más honesta.

El domingo también era el día de salir a correr. Esa costumbre que practiqué durante mucho tiempo, había sido también olvidada e intenté recuperarla aquí. Sin embargo, debido al calor y a que mi salud no era la mejor, opté por salir a caminar y vaya que caminé. Jornadas en las cuales iba descubriendo cada lugar de esta ciudad. Las playas que quedan en Copacabana, el aterro de Botafogo, de Flamengo, la pista Claudio Coutinho -mi preferida-, la playa vermelha, fueron los primeros lugares, así como las calles del sector de Botafogo, donde estaba viviendo y donde aún me encuentro. Veía escondidas entre los edificios, pequeñas villas residenciales, pequeños tesoros donde la vivienda aún sigue siendo tipo casa y que son muy valorizadas en medio de una zona tan densa a raíz de su cercanía con la playa. También fue ahí cuando vi algunas favelas, como la de Santa Marta, donde después iría a visitar a unos chilenos que conocí en el instituto.

Ambas prácticas han sido olvidadas una vez más. A menudo, el domingo vuelve a ser el día en que no quiero salir del apartamento. Un día para quedarme mirando al techo, escuchando una radio que me cuenta las noticias del mundo en portugués y que en un efecto reflejo intento callar, cuando conecto mi computadora y me conecto por la web a los medios de comunicación de mi país. Intento no romper el lazo y me mantengo informado y recuerdo que los domingos eran días en los cuales salíamos a realizar la venta del periódico, el día en que cada mes nos reuníamos en la Tingua Azul en Timiza. Hábitos que de nuevo fueron olvidados o abandonados.

El domingo se ha convertido en un día de calles solitarias, donde el ruido de los trancones desaparece y la mayoría de los negocios están cerrados. A diferencia del barrio popular donde crecí, estoy experimentando ahora lo que es vivir en una zona de clase media. Tengo a pocas cuadras un centro comercial y todos los domingos voy a almorzar allí. Esta costumbre es la que más he conservado para este séptimo día. Es a menudo el único contacto con el mundo externo, cuando decido esconderme. Desde el primer momento me di cuenta del tipo de usuarios que lo frecuentaban y debo decir que es muy poco lo se que puede comprar en los almacenes si eres un estudiante que vive apenas con los recursos de su beca. No obstante, habían dos razones poderosas que me empujaban a permanecer allí. La posibilidad de conectarme al wi-fi gratuitamente y del otro lado almorzar en un restaurante que extrañamente tenía bajos precios y ofrecía unos platos que mi estomago aceptaría sin protestar.

Morro de Timbau, Maré, Rio de Janeiro (*)
El domingo debe ser un día muy diferente para los que viven en las zonas populares de Rio de Janeiro. Esta ciudad tiene en la zona sur, las llamadas zonas nobles, donde viven los sectores más ricos. Algunas favelas se colaron o han sido toleradas porque en una ciudad donde el transporte es caro, estar cerca del trabajo puede representar una enorme economía para un hogar que vive con el mínimo, pero también para los empleadores. Pero es la zona norte y oeste, las más homogéneas y donde grandes complejos ofrecen la otra cara de esta ciudad. Justamente hacia la zona norte, se encuentra la ciudad universitaria y el complejo de Maré y cada vez que voy a clases allí, observó la disposición de los barrios que en orden o desorden me muestran a una comunidad que en su mayoría está en un proceso continuo de construcción de sus casas, de sus vidas, empezando o terminando una semana más como esta.  

El pasado domingo fue un día especial, un momento para romper algunas rutinas, para vivir algo diferente que sin embargo fue ocasional. Salí de Botafogo para visitar a un amigo alemán que vive en La Maré. Allí tiene su casa y un pequeño negocio donde vende productos orgánicos. Combina sus actividades académicas con otras de tipo político y en esta ocasión ofreció junto con un colega argentino, un churrasco allá frente a su local. La cuota eran nueve reales y la cita a las tres de la tarde. Como era la tercera vez que iba, no tuve problemas para llegar cumplidamente. Fue mi puntualidad, la que hizo que terminara ayudando a Timo y Emanuel mientras las demás personas que trabajan con él se encargaban de adecuar las mesas y el resto de la comida.  

Nuestro churrasco en La Maré (**)
A medida que ejercía mi rol de ayudante de Emanuel, veía transcurrir la tarde en La Maré. Si se trata de ser más especifico debo decir que el nombre del barrio es Timbau. Allí los habitantes permanecen en las calles, caminan o se sientan frente a sus casas para conversar con el vecino. Los jóvenes a menudo transitan en sus motocicletas, probablemente trabajando, llevando a alguna persona que vive en la parte más alta del morro. Los altoparlantes con los sermones de algún pastor invitando a sus fieles o la música de algún residente que aprovecha ese día, para subirle el volumen al estéreo y cantar algún samba, algún funk buscando desesperadamente que no termine el domingo y el placer de estar en casa, descansando una vez más. Preparándose para una batalla por la supervivencia en esta ciudad maravillosa.

Han llegado varias personas que conocen a nuestro anfitrión. Muchos de ellos, viven en la zona sur o en barrios del centro. Algunos son extranjeros como yo, unos se acercan para conversar con nosotros, otros por el contrario se mantienen alejados, esperando la hora de comer un buen pedazo de carne. Recuerdo ese problema, muchos caciques y pocos indios, en fin, nada raro. En mi caso, le propongo a Timo que acepte mis horas de trabajo en el asador como pago. Él lo acepta y finalizado el asado, puedo saborear una refresco hecho a base de caipiriña. Mis manos están negras por el carbón y mi cuerpo huele a asado. Una vez pasado el festín, nos dedicamos a contar nuestras historias y si bien no me gano la rifa de una planta y una agenda artesanal argentina tengo la posibilidad de hacer de este domingo un día anormal, especial, único.
A las nueve de la noche, desciendo la calle y me dirijo hacia la avenida Brasil, camino solo pero enfrento ese miedo y actúo como si estuviera en mi barrio. Soy uno más que pasa desapercibido, realmente tampoco es que tenga mucho que perder pues soy muy sencillo en mi forma de vestir y no acostumbro a andar sin más dinero que el de los buses y una que otra cerveza. El barrio empieza a quedar desolado, tal vez este barrio adquiere a medida que pasa la noche una nueva fisonomía, así como en Patio Bonito, son otros los que lo caminan, otros los que hacen uso de las calles y es por eso que muchos prefieren resguardarse pensando solo en la posibilidad de un nuevo amanecer, de un nuevo día para repetir una vez más sus propias rutinas.

Yo también espero repetir mi rutina, la que he construido en estos meses. No sé si mi semana ya comenzó o si ella terminó. No sé que tanto de lo que vivo hace parte de una nueva etapa y que pertenece al pasado. Viajando en el autobús veo alejarse el barrio popular, poco a poco lo pierdo de mi horizonte y aparecen sucesivas calles y túneles que en la oscuridad profunda de esta noche me hacen sentir perdido. He llegado a Botafogo y camino por estas calles solitarias para entrar una vez más al apartamento. ¿Ha terminado el séptimo o el primer día? No lo sé y tampoco sé que me depara esta vida.

Foto Morro de Timbau: Elisangela Leite
Foto Churraco: Facebook Roça Rio www.roca-rio.com
Las demás fotos: Hernando Sáenz
Enlace recomendado: Redes de desenvolvimento da Maré
http://www.redesdamare.org.br/mare/

viernes, 16 de septiembre de 2011

¿Que existe en el horizonte?


¿En qué piensas, si gustas de poner tu mente en blanco?
¿Qué existe en el horizonte cuando miras desde la playa hacia el infinito?
¿Qué mensajes trae el ruido de aquellas charlas en idiomas extranjeros?
¿Qué esconden aquellos ojos, aquella mirada que seduce?

Sintiendo que el tiempo se detiene
Sintiendo que la vida se nos escapa
Sintiendo que este es el último día
Sintiendo la ausencia, la falta de una compañía

Las palabras que no dije
Los deseos que nunca realicé
Aquellas heridas que se vuelven a abrir
Que me hacen finalmente morir…morir

Sintiendo que el tiempo se detiene
Sintiendo que la vida se nos escapa
Sintiendo que este es el primer día
Sintiendo una presencia, la perfecta armonía

Las gaviotas volando contra el viento
Las rocas golpeadas por las olas
Y la tormenta agitándolo todo
Congelando mi corazón, aumentando mi desesperación



Orgullosa camina la soberbia
Sin mirar aquella lastimera humildad
Y en el altar de la iglesia
Se delata nuestra humana miseria

Me inclino ante mi antiguo enemigo
Renunciando a esta batalla
Y preparo la traición una vez más
Sin remordimiento, buscando mi suicidio

Me siento tranquilo a mirar el puerto
Y mis susurros me traen una vieja canción
Una vieja decepción que me hizo caer
Una letra que quebró mi corazón

Sintiendo esta noche más fría
Sintiendo esta necesidad de diluirme
Sintiendo esta delicada sinfonía
Sintiendo esta triste despedida

¿En qué piensas, si gustas de poner tu mente en blanco?
¿Qué existe en el horizonte cuando miras desde la playa hacia el infinito?
¿Qué mensajes trae el ruido de aquellas charlas en idiomas extranjeros?
¿Qué esconden aquellos ojos, aquella mirada que seduce?

Nada, realmente nada
E ingenuamente creo que puede significar algo

Fito y los fitipaldis. Al mar. Del album los sueños locos

viernes, 11 de marzo de 2011

Un Guache (*) en tierras cariocas

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Rio de Janeiro -panoramica desde Urca
La vida es una caja repleta de sorpresas. Estoy en esta ciudad, en calidad de extranjero, experimentando aquellas sensaciones de tristeza, de miedo, de inseguridad que si bien sentía en casa, eran rápidamente resueltas con un abrazo, con un beso, con un mimo. En medio de tantas personas, camino solitario y rumio mis pensamientos en mi idioma natal. Encerrado en mi cuarto me sumerjo en la música y los recuerdos y mucho tiempo después, vuelvo a sentir esa extrañeza, ese deseo de regresar a casa. Sin embargo, esa casa está muy lejos.
Un guache, un guerrero muisca, que ha salido de los andes, de esas tierras frías, del páramo y la ropa de lana, para venir a dar en las tierras cariocas, sintiendo la brisa del mar y el calor, la música, el color y el sabor de otro país ¿cómo habrán sido los indígenas de estas tierras? ¿Qué historias se habrán tejido? ¿Tendrán algún Bochica, alguna Bachué, un dios Xué o una diosa Chía?
He pensado en los millones de refugiados, los perseguidos políticos, los militares, los secuestrados y todas aquellas personas que se encuentran lejos de su hogar, lejos de las personas que aman, lejos de sí mismos, perdidos en la soledad más amenazante que es la del espíritu. En medio de mi sincretismo he elevado plegarias para que los dioses o Dios, me den la fortaleza suficiente para salir bien librado de esta batalla que apenas comienza.
Rio de Janeiro- Vista de Cristo Redentor
Cada día es un reto. Cuidar de nosotros mismos: alimentar el cuerpo, alimentar el alma, alimentar la mente, proveernos de un vestido y seguir las normas de la casa, que no se siente aun así porque todos somos extraños. Lidiar con el tráfico, un tráfico que no es el mismo de Bogotá, porque los barrios son desconocidos, porque el más ligero desvío puede generar el más grande desperdicio de energías, una caminata en medio del sol que puede provocar una insolación, una ausencia de vitaminas que puede causar una dolencia, los riesgos están ahí.
Dicen las historias que la palabra Carioca, significa la casa del hombre blanco y al igual que en Colombia, la toponimia está regada de un pasado ancestral. Sigo en mi amada América Latina, pero me es extraña esta ciudad del placer. Un placer que deslumbra, unas imágenes que son de postal, pero que esconden nuestra miseria, nuestra pobreza, nuestra desigualdad. La misericordia cristiana no es suficiente. No es suficiente con colocar una barra para tapar una favela, no es suficiente con ser informados por medios de comunicación baladís. La realidad se deja ver en cada una de mis caminatas, cuando me subo al bus o cuando huelo el olor de las aguas contaminadas por el ser humano. Cuando sufro víctima de la especulación inmobiliaria o por la ausencia en la democratización de las nuevas tecnologías.
Comienza el desfile de la escola União da Ilha 2011
Este guache, mira con detenimiento cada cosa y como siempre desconfía de aquello que aparenta tener la cualidad de la belleza. Sabe que ella se disfraza y que a menudo es muy difícil encontrarla y por eso se mantiene atado a sus armas, que son sus recuerdos, su pasado, las enseñanzas de sus antecesores. Viviendo el presente, sabe que poco a poco, una nueva historia se escribirá y espera que tarde o temprano, el cariño por esa ciudad aparezca. Hasta ahora, se ha sembrado la semilla, es preciso empezar a cuidar de la tierra para que la pachamama bendiga ese fruto y haga de él una fuente interminable de alimento y sabiduría.
Hace frio en Rio de Janeiro y también llueve. Como si los dioses hubiesen decidido flexibilizarse conmigo, dejando la fiereza del aire que quemaba la piel, ahora sopla un viento helado que tal vez no guste a quienes desean un carnaval más ardiente. La arena se ha enfriado y la noche no requiere ya de ventanas abiertas, ni de ventiladores ruidosos. Poco a poco, me acostumbro también a estas calles, a ver determinadas caras, como la de los porteros, los vendedores en las lojas o la bibliotecaria que me permite entrar a ese templo sagrado del conocimiento.
Independiente del lugar, las bibliotecas conservan ese aire de tranquilidad que tanto desea mi mente, ese silencio que esconde un millón de historias que esperan ser leídas. Ese lugar donde se esconde una buena novela, un clásico académico o una colección pictográfica. Afortunadamente, estoy cerca de ellas y puedo escabullirme de toda esta sensación de extravío. Así pues empieza esta nueva etapa. Mañana será mañana y el hoy ya pasó. Una oración por todos los que ya no están con nosotros.

(*) Guache: Palabra que proviene de Güecha, término utilizado por los Muiscas, -grupo indigena que habitaba en los andes orientales de Colombia- y que significa guerrero. Con la invasión española en el siglo XVI, esta y muchas otras palabras como Guaricha (que significa princesa) fueron vaciadas de su significado y re-signifcadas con el interés de usarlas de forma peyorativa, como insultos para referirise a las personas cuyos comportamientos van en contra de la moral.  
 

martes, 25 de enero de 2011

martes, 7 de diciembre de 2010

PATER ET FILIUS


I
Amanece lentamente en Bogotá. La luz se va colando por las ventanas y el frío se mantiene. Ese color gris, que hace de ésta, una ciudad triste y cabizbaja que mantiene en silencio las preocupaciones de hombres como él, que llevan toda una vida madrugando para encender el motor de su vida y transitar por las calles, buscando un destino vacío de toda felicidad.
Los gallos cantan en la madrugada, pero este no es el campo, donde vivió su infancia. Es una fea ciudad, donde las calles sin pavimentar, están colmadas de ese barro que mancha los viejos zapatos que son débilmente lustrados por sus hijos. Un barro, que tardará en secarse y que quedara convertido en polvo, debajo de los pedales del freno y el acelerador.
Mientras se toma el primer tinto del día y enciende su cigarrillo, inspecciona las sillas y revisa las llantas, no quiere que en el primer viaje del día, una pinchada arruine la jornada. Ha sacado la buseta del improvisado garaje que tiene en el casa-lote donde vive. Mete el cambio y arranca una vez más como en los últimos 32 años hacia el paradero, donde muchas personas esperan llegar temprano a sus lugares de trabajo. Una rutina que aja su piel, cuarteada por la gasolina y las tristezas que se viven a diario cuando se está sumergido en la pobreza.
Las noticias en la radio no son nada alentadoras. Los barrios de la capital son cada vez más inseguros, o por lo menos eso dicen los periodistas, pero en realidad, él sabe que siempre ha sido así. Cuantas veces han tenido que lidiar con ellos. Recuerda aquel ladrón atrapado robando un monedero y la golpiza recibida por la gente que quería cobrar justicia por su cuenta. Recuerda también la época en que robaban a los conductores y el negocio de cabinar los carros como protección. Una protección que ha sido denunciada por los pasajeros que quedan en una situación de indefensión cada vez que los malandros deciden atacar. Cuando se estrenaron los motores diesel, la inseguridad llevo a que cada parte de una buseta estuviese contramarcada tal como sucede con los vehículos particulares. Definitivamente, el pasado no ha sido mejor y por eso al escuchar las noticias siente que el tiempo no se ha movido y que esta en un presente infinito, en una ruta circular donde no hay comienzo ni final, solo un transitar eternamente.
Una maldita rutina que se olvida con la cerveza. Eterna compañera que más de una vez dinamitó las peleas con su primera cónyuge. Es la única forma de olvidar esta mierda y de caer en un profundo letargo que se borrara al día siguiente con las necesidades de seguir sosteniendo a una familia que creció  en poco tiempo y que no se cansa de pedir dinero, para poder comprar un cuaderno, un lápiz o para poder ir a un internet para conseguir la tarea. Una familia que se ha acostumbrado a dormir hacinada en una pieza, pues los sueños de una vivienda propia, se desvanecieron como el humo de un cigarrillo.

II
Permanece dentro de la buseta. Está lloviendo y son las 10 de la noche. No ha podido salir de ella, para poder desvararse. Sabe que no hay otra opción. Cuando era joven, había tenido que permanecer solo en la carretera, esperando la ayuda de algún camionero que le enseñara y fue así como se hizo un especialista en mecánica. Hoy, los jóvenes deben tener bachillerato y cursos del SENA y carecen de la experiencia que él ha logrado acumular. Sus manos se engrasan, se ensucian y tiene que lavarlas con gasolina. Ojala fuera así de fácil con sus hijos, pero los seres humanos no son máquinas, por más que en su lenguaje predominen las comparaciones, la autonomía que tienen es algo que dificulta conducirlos por la vía adecuada.
¿Qué puede hacer? Se pregunta una y otra vez. ¿Porque a él? En el paradero se han contado varias historias similares. Muchachos que crecen solos y que terminan mal. Algunos se vuelven delincuentes, otros drogadictos y los que mejor futuro logran terminan como choferes, replicando una vez más esa trampa de la pobreza. Llenando sus cuerpos de cerveza y tabaco, de fe y esperanza pasajeras, esos jóvenes pronto serán padres y el motor volverá a encenderse para llevar a cientos de almas por las autopistas que cambian de nomenclatura constantemente, extraviando a quienes han recorrido las venas de este corazón que se infarta con tanta congestión.
Una varada tras otra y un patrón que sencillamente espera poder chatarrizar el vehículo, pues la modernización del transporte no da espera. Para ese conductor sin embargo, el tiempo se ha quedado congelado, cada vez está más arrinconado, más excluido. Es difícil el cambio, como difícil la pensión. Es una muerte lenta y dolorosa, como un cáncer, porque mientras más buses articulados corren entre estaciones, menos espacio queda para busetas que como esa están desahuciadas, conducidas por hombres que tienen miedo a enfrentar una vida sin sus adoradas máquinas.
Una vida que lo sobrepasó y que no le brindó mayores expectativas que las de seguir tomando cerveza, para hablarle a cualquier desconocido acerca de sus experiencias pasadas y de las mujeres que cayeron rendidas ante su atractivo. Una vida, caracterizada por las rutas en las cuales trabajó, los modelos de los vehículos que condujo o el número de pasajeros que transportaba y que no han dejado de disminuir a lo largo de estas décadas.
III
Otro día más. Se despierta y después de ducharse, calienta un tinto mientras sus hijos duermen. Enciende un cigarrillo y revisa la buseta, asegurándose que todo este en correcto orden. Espera que el día sea bueno, para poder pagar el arriendo. Entre los chistes de sus compañeros, entre los semáforos y los carros conducidos por elegantes mujeres y acompañado de las noticias de la radio, mira este mundo transcurrir a través del retrovisor. Preso del estrés hace sonar su pito en el trancón y se alegra cuando lo ve en la calle. Él se sube y cruza la registradora para sentarse a su lado y conversar mientras aprovechan esa pequeña coincidencia de destinos.
Le cuenta a su hijo del trabajo, también le habla de algún compañero –a los cuales siempre les ponen apodos- de la empresa y de las varadas que son cada vez más frecuentes. Por su parte, él lo escucha y le cuenta también de sus experiencias. Escucha atentamente acerca de la universidad donde él trabaja y de las cosas que hace un profesor de pregrado. No entiende porque esa obsesión de seguir estudiando, mucho menos sabe para que es un doctorado y porque debe hacerlo fuera del país, pero sabe que este hijo ha logrado salir adelante y eso lo hace muy feliz.
Ambos recuerdan cuando trabajaron juntos: Al salir de clase en la universidad, su hijo lo esperaba en alguna avenida de esta ciudad. Esperaba a veces horas y horas y en algunas ocasiones ese encuentro se frustraba. Él recuerda que no había teléfonos celulares y que solo podía enviar sus mensajes con los otros choferes -estaba varado o ya había pasado por ese sitio donde era la cita-. Por la noche podían comunicarse y al día siguiente volvían a ponerse una cita y la rutina tendía a reproducirse.
Recordaron también el accidente, las varadas compartidas y la economía del paradero que alguna vez su hijo escribió en un periódico del barrio, cuando había mucha agitación por la inauguración del sistema Transmilenio. Ahora, este hijo ya no puede acompañarlo, ni hacerle las cuentas cada noche. Ahora transita solo en la buseta, acompañado a veces por otros amigos, quienes a menudo son conductores desempleados que buscan en sus ex -compañeros algo de ayuda mutua.
Claro, también recordaron esos momentos en que conversaban en las cantinas del barrio o en la tienda del paradero tomado cerveza. Su hijo, estaba harto de aquellas personas que se burlaban o hablaban mal de los choferes y tuvo que aprender a convivir con esa hostilidad no solo en la Nacional, sino también en los Andes. La quema de buses, los robos de los producidos, los insultos de los usuarios del transporte siguen presentes, según le cuenta su hijo, quién se ha acomodado mientras extiende su mano para cobrar el pasaje y dejar que él, use el pito para presionar a otro chofer que se demora en arrancar. Su hijo, como siempre le reitera una vez más lo orgulloso que se siente de tenerlo como padre y él decide en ese momento acelerar una vez más para alcanzar cruzar esa avenida y dejar atrás ese trancón.  
Le ha prometido volverlo a acompañar un día en vacaciones pero siempre se le olvida. Además le ha preguntado por el sistema integrado de transporte, le ha indagado sobre su percepción del Metro y si conoce los estudios sobre el tren de cercanías. Para él todo son amenazas. Que buenos aquellos tiempos cuando tenían el control de la movilidad en esa ciudad ochentera. Había tanta abundancia que podían derrochar sus ingresos en cerveza y mujeres. Nada de eso queda, como un viejo marinero o un dinosaurio, espera esa pensión malograda por años en los que nunca pagó aportes. Su hijo, le cuenta una historia de un escritor Saramago y se siente identificado en la incertidumbre del futuro, cuando se da cuenta de que ya no son tan importantes para la ciudad.
IV
Un silencio aparece entre padre e hijo. Ese silencio que calla pero dice mucho. Así sucedía en el pasado y su hijo piensa en ese momento mirando a través del panorámico, en las ocasiones que quiso sincerarse y compartirle aquellas emociones que sentía por una mujer en la facultad. Pero él, veía el mundo desde otra perspectiva. Rápidamente se despabila observando una chica muy guapa que camina por la acera. Su padre hace sonar el pito en un acto que para ella probablemente solo suscite pena, indignación o indiferencia. Él  se dirige a su hijo y le pregunta si tiene alguna compañera. Nunca lo vio en la universidad con alguna novia pero suponía que era un don Juan y que probablemente sería alguna chica acomodada, pero solo cuando estaban borrachos era capaz de decírselo.  
En realidad, su hijo, vivió una época marcada por la soledad, el desamor, la frustración, la desorientación. Era tal el conflicto personal que ni siquiera confiaba en sus capacidades de alcanzar el grado. Se preguntaba a menudo  si para quienes son pobres y tienen la posibilidad de estudiar en una universidad es posible la superación de ese complejo de inferioridad. Pero él, nunca se enteró de eso, por el contrario nunca creyó realmente que estudiar sirviera y por eso tan pronto se graduó de la universidad le sugirió buscar trabajo en la empresa de buses. Tal vez allí podría ser despachador y tener un mejor futuro que él. Pero su hijo no aceptó y ahora es profesor universitario.  Y ahí está, en su lucha por conseguir la libertad. 
El viaje está malo, la buseta no se ha llenado y tal parece que hay otro trancón más, otra vez, llegará tarde a la casa, otra vez llegará y verá a sus otros hijos dormir o hacer las tareas que no han hecho en la tarde, si por lo menos estos fueran igual de juiciosos al mayor.
Viajar y viajar, cruzar la ciudad de norte a sur, sus recuerdos están asociados a la buseta y los barrios que conoce. Él ha visto cambiar a esta ciudad, ha visto como se da la expansión, como la gente se atreve a vivir en las laderas de montañas inestables o a caminar largas jornadas para llegar al paradero y se da cuenta también de cómo se va volviendo viejo, como el modelo de su buseta, cuando ya no puede ver sin anteojos o cuando descubre que ya no tiene la misma fuerza porque ahora tiene una hernia o porque sus pulmones están repletos de la nicotina de poco más de 3 décadas de trabajo.
Su hijo, cruzó la registradora y se despidió. Ahora lo ve por el retrovisor, cruzando la avenida rumbo hacia la universidad. Continúa su viaje y llega al paradero en Suba. Almuerza y escucha a sus amigos de trabajo, quienes ojean un periódico amarillista cuyo titular habla de algún asesinato en el barrio y de alguna actriz porno y sus habilidades sexuales. Cansado, se irá a acostar en la última silla, l-a que llaman de los músicos- y dormirá un rato mientras le toca su turno de arrancar. En ese pequeño instante, pasan por su mente la imagen de su padre, que perdió a los 7 años cuando vivían en el campo, pasa la imagen de su hermano mellizo quién falleció hace un par de años y finalmente, sus hijos, los que ha tenido con su segunda compañera, los que lo desvelan actualmente. Tiene miedo de dejarlos solos y tiene miedo de que algo les pase. Su paternidad si bien se puede centrar en llevar un diario a la casa, encubre el amor que siente por ellos, un sentimiento que nadie le enseñó como expresar pero que espera que sus hijos puedan sentir y entender.
V
Amanece lentamente en Bogotá. La luz se va colando por las ventanas y el frío se mantiene. Ese color gris, que hace de ésta, una ciudad triste y cabizbaja que mantiene en silencio las preocupaciones de hombres como él, que llevan toda una vida madrugando para encender el motor de su vida y transitar por las calles, buscando un destino vacío de toda felicidad.
Sin embargo, la felicidad existe y lo llena de esperanzas. Coloca en el pasacintas unas buenas rancheras y se dirige hacia el paradero con la energía renovada. Su máquina se encuentra lista para otro día más de rodar y rodar por estas calles. Las personas corren presurosas a su encuentro, él sabe incluso que algunos suplicaran que les deje subir y que muy probablemente alguna bella mujer se sentara a su lado. Una vez lleno el cupo, acelerará y partirá.

Así es esta vida, un ir y venir, un tránsito en medio de señales que nos advierten de nuestras debilidades, de nuestros miedos y de las cosas que amamos. Algunos se dedican a correr deprisa y mueren estrellados, otros van lentamente obstruyendo el camino de los demás, otros intentan ganar la competencia y unos cuantos más desean poder detenerse para mirar el mundo que pasa por el retrovisor e invitar a sus amigos a viajar juntos. Algunos logran viajar en avión o en barco, otros siguen a pie caminando. Otros como él, seguirán trabajando como choferes de bus urbano, esperando que llegue el momento de apagar su motor para retirarse a descansar en esa fría noche bogotana, con la certeza de que mañana sera otro día, tan solo un nuevo día.

martes, 12 de octubre de 2010

IMAGEN VIOLADA



ESTE MOMENTO DONDE LOS SEGUNDOS
SE INSERTAN EN LOS PÁRPADOS
CUANDO EL ECO DE UN GEMIDO
SE ESFUMA EN UN MOVIMIENTO DE 
MANOS
LA IMAGEN INDESCIFRABLE
COMO UN CÓDIGO, COMO UNA RUNA
DETRÁS DE LOS ESPÍRITUS QUE CABALGAN
HACIA UN PRECIPICIO
CARGADO DE RENCORES, DE TRISTEZAS

POR EL AIRE SE TRANSMITEN ONDAS
DE VIEJOS SENTIMIENTOS
QUE NUNCA SON RETRANSMITIDOS
QUE SON DESTERRADOS
CUANDO ALGUIEN SE TAPA LOS OIDOS
PARA PENSAR EN LA NADA

MERODEANDO COMO UN PREDADOR
SOBRE SU PRESA
ME MUEVO ALREDEDOR DE UN LABERINTO
MARCADO POR LAS SEÑALES DE LA
SOCIEDAD
ALIMENTADO POR MAQUIAVELICAS
ASPIRACIONES
DE LAS COSAS QUE CADA QUIEN
SE ESMERA POR REPRESENTAR
POR SINTETIZAR, POR OBVIAR

DELICADAS ESTRUCTURAS
A VECES TIERNAS, A VECES OCULTAS
POR MIEDO A LA MÁS TENUE
SENSIBILIDAD
CUANDO EN ESTALLIDOS DE PEDAGOGIA
MUCHAS LECCIONES SE VIOLAN

EL CAMINANTE URBANO
NO NECESITA EQUIPAJE, NI DESTINO
DENTRO DEL AMBIENTE GRIS
LA NIEBLA NO SE DESPEJA
SE MANTIENE ACECHANTE
TRATANDO DE BLOQUEAR
LAS ILUSIONES DE LOS INGENUOS

SERPENTEAN RIACHUELOS QUE AGONIZAN
EN LAS ALCANTARILLAS
LAS CUALES CONSERVAN LA REALIDAD
HUMANA
QUE SE BUSCA ELIMINAR DE LA ETIQUETA,
LA SANGRE QUE PARTE DEL LAVAMANOS,
LOS DESECHOS Y LO OCULTABLE
ACARICIAN LOS SUAVES TEJIDOS VERDES
MILLONES DE ZAPATOS
ALGUNOS NUEVOS, OTROS ROTOS
CIRCULA EL RODAR DE LOS VEHÍCULOS
UNA VIEJA ZORRA DE RECICLADORES
CAMINO OBSERVANDO LAS IMAGENES
TRAS VELOS BLANCOS Y TRANSPARENTES
DESEANDO ACOMPAÑARME DE LA SOLEDAD
EN UN PARAISO INDIVIDUALISTA
QUE A VECES ES EGOÍSTA, OTRAS NO

CIRUGIAS FACIALES A AL MOLE DE ASFALTO
CIRUGIAS QUE TRANSFORMAN EL ESPACIO
Y SE LLENA DE AGITACION
LA CALLE SILENCIOSA DE LA NOCHE ANTERIOR
CUANTOS PASAJEROS QUE SUBEN Y BAJAN
CUANTAS CAGADAS DE PERROS CALLEJEROS
Y LOS DORMITORIOS MÁS FRÍOS
EN TEMPORADAS DE FUERTES VIENTOS
LA RIBERA DE UN RIO QUE SE PUDRE
Y LOS NIÑOS CON SUS MOCOS
FUERA DE LA NARIZ

SE GENERAN MARGENES DE GANANCIA
SE DEPRIME O ASESINA LA IMAGEN NEUTRAL
Y LAS ESTATUAS IMPÁVIDAS
DE HUESOS PODRIDOS QUE ALGUNA VEZ
FUERON VIDA

ESCUCHO LOS SONIDOS, APRIETO MI
MANDÍBULA
VEO A LA MUJER ESBELTA PASEAR CON SU 
AMANTE
Y VEO AL MUTILADO ESPERANDO UN DÍA MEJOR

CUANDO ME SIENTO PERDIDO
SIN BRUJULA PARA GUIAR MIS EXPECTATIVAS
LA SÓRDIDA LUZ DE UN POSTE
DEMUESTRA CUAN IRRACIONAL
SON LOS SUEÑOS DE IGUALDAD
A PESAR DE LA NECESIDAD SIN PAR,
COMO LAS SÚPLICAS EN LAS IGLESIAS
COMO LA FE EN LA TELEVISIÓN O
EN ESE BAR QUE VISITAS CON RELIGIOSIDAD

ALGUIEN DANZA EN LA ACERA
DISFRAZA SUS SENTIMIENTOS DE FORMA
EXPLICITA
SIN RECURRIR A LA MASCARA DE LA
NORMALIDAD

CUANDO ME SIENTO EXTENUADO
Y VEO UN SEGUNDO MORIR EN EL RELOJ
RECUERDO LAS IMAGENES
A TRAVÉS DEL VIDRIO DE LA BUSETA
LOS LLAVEROS, LOS ESPEJOS
EL CIGARRILLO, Y MI PADRE SENTADO;
SIENTO NECESIDAD DE AMAR
Y ME ACUERDO DEL TEMOR
A CAER EN UNA ALCANTARILLA SIN TAPA
DE SER ATROPELLADO POR EL CAMIÓN
O DE SUFRIR UN PARO CARDIACO

AL COLOCAR LA MUSICA EN CASA
AL ESTAR RECOSTADO EN LA OSCURIDAD
LOS FRAGMENTOS DE LAS IMAGENES
SE MEZCLAN Y COMPLEMENTAN CON MIS
SUEÑOS
EN UNA PROFUNDA DEPRESION
QUE OPRIME MI PECHO
DESEANDO Y TEMIENDO EL DESENLACE
FINAL;
AÚN NO TERMINA LA CANCIÓN
LOS SONIDOS RASGAN MIS ENTRAÑAS
Y LAS ALMAS DE LOS OLVIDADOS
NO SE CRUZAN LOS SEMAFOROS EN ROJO,
UN ALTO Y UN SIGA SIN EMOCIÓN
UNA VOZ QUE ME PIDE ORIENTACIÓN
PARA DESCUBRIR EL SENTIDO DE LA VIDA

ME SIENTO EN EL PARQUE
ENTRE MIRADAS DESCONFIADAS
Y ANTES DE GOLPEAR A SU PUERTA
EL ESCALOFRÍO ME HIERE,
ME SIENTO UN IMBÉCIL
AL QUERER PINTAR ATAUDES
CON COLORES FESTIVOS,
AL QUERER PINTAR MI ROSTRO
QUIERO EXPRESAR MI DESEO DE LLORAR
PERO RETROCEDO Y ME DEVUELVO EN MI 
CAMINO
ESPERANDO QUE LA NOCHE ME PROTEJA,
COMO A LAS RATAS EN EL BASURERO
ASÍ, BUSCO INICIAR UNA NUEVA RUTA
SIN PODER ADIVINAR CUAL SEA EL
PARADERO
ESCUCHO UN FUERTE SONIDO
Y VEO COMO ALGUIEN SE DISPUTA
EL PREMIO DE LA MORTALIDAD,
ALGUIEN SE ARRODILLA
Y FUMA SU PAPELETA
HUYE DE LA LOCURA
Y MUERE POR ENÉSIMA VEZ

CURTIÉNDOME Y CICATRIZÁNDOME
LAS LUCES YA NO SON DE FIAR
EL ÚLTIMO LUGAR DE LA CEREMONIA
SE ENCUENTRA TRANSTORNADO
POR LA INMEMORABLE ACUSACION
Y LOS HUESPEDES DESALOJADOS
BUSCARAN OTRA RECONCILIACIÓN
CON DIOS O CON LA MUERTE

EL RASCACIELO SE ACERCA AL LIMBO
DONDE LOS EJECUTIVOS VIAJAN
Y LOS PORDIOSEROS MUEREN
SÓLO LA VOZ DE UNA BOGOTÁ
QUE MUERE Y RENACE CUANDO LA NIEBLA
REPRODUCE IMÁGENES
QUE NO ME CANSO DE INTERPRETAR
DE MUTILAR, DE VIOLAR O DE PUTEAR
MUERE EL PEATÓN, MUERE EL PERRO
CANEQUERO
REVIVEN LOS TEMORES
Y LOS DESEOS DE UNA CRUCIFIXION.

Publicado originalmente en: Revista Teta al Ojo # 3. Abril de 2003. Págs. 22-25 Bogotá, Colombia.Facultad de Ciencias Económicas. Vicedecanatura de Bienestar Universitario. Universidad Nacional de Colombia.

jueves, 13 de mayo de 2010

LOS SUEÑOS QUE ME SUSURRA EL VIENTO (PARTE V)

V

Hemos llegado a la casa de Miller. Saludo a doña Tulia, quién me pregunta si me acuerdo de ella. Fue en la feria llevada a cabo por la fundación en el barrio La Andrea. Cuando se exponían los productos de panadería, así como los elaborados por otros grupos en materia de aseo y de arte. Me acuerdo de ella y le cuento que fue mi mamá quién se ganó en esa ocasión el pastel que rifaron. Se saludan y veo como mi madre se siente feliz de estar aquí. Nos presentan a un señor vecino de doña Tulia, no me acuerdo de su nombre, pero sí me acuerdo de su cara, la cual por su propia petición y de doña Tulia fue fotografiada, como adivinando que no existen muchas ocasiones para ser retratado cuando se vive en el campo, sembrando papa y cuidando las viviendas y cultivos, puesto que con el avance de la ciudad, los cultivos y seguridad de los habitantes comienza a desaparecer. Los recién llegados a estos barrios piratas son desplazados por la pobreza o la violencia y al no pertenecer a esta tierra la subyugan y maltratan. Se roban los frutos de la tierra y como nos cuenta doña Tulia también sus patos.


Hemos quedado fascinados con las crías de una oveja, con la vista que se tiene desde la casa, así como con la atención y sencillez de la señora Tulia. Nos ofrece masato y arroz con leche. Le he entregado los presentes y agradeciéndole su cordialidad trato de entablar una charla acerca del proyecto Nuevo Usme, pues ella me había enviado una copia de la encuesta que les habían aplicado hacía unos años cuando vinieron a concertar con ellos el precio del metro cuadrado. “Realmente hemos dejado de asistir a tantas reuniones”. Con esta frase se resume la tragedia del gobierno distrital, que trata de crear escenarios más participativos pero que debe asumir el hecho de ser el principal actor que afecta los deseos de participación. La desorganización en la forma de intervenir así como las conductas de investigadores y técnicos de llegar, sacar información y no volver, generan un desencanto progresivo, como el que sentí cuando pasó el tiempo y veía como se presentaban los resultados de nuestras encuestas, en los seminarios de investigación urbana y no salía la publicación que se entregaría a los habitantes de nuestros barrios. Tal vez debí exigirle a Pedro o a la profesora Adriana este derecho u obligación adquirida, tal vez debí organizar una reunión para socializar esos resultados, pero a veces pienso si nosotros somos concientes de esto o si realmente no es un problema por cuanto de hacerlo, quién entendería nuestros raros tecnicismos o el uso de esta información de manera torcida para otros intereses. A pesar de ello, vuelvo a pensar que nuestro papel como investigadores debe ir más allá de la objetividad científica, pero también evitar el intelectualismo militante que poco aporta. A pesar de no estar disfrazado no podía evitar pensar, como habrían abordado mis colegas la realidad de estos campesinos y sus deseos o no, de hacerse millonarios apropiándose una plusvalía que le pertenece a la ciudad. Pensé en ese entonces si no sería que la urbanización era la más grande minusvalía producida para un campo como fuente de progreso sostenible en términos ambientales y alimenticios. Preferí evadir esta cuestión.


Doña Tulia me dijo que conoce a Natalia Valencia y quise preguntarle por ella y su proyecto de tesis. Ahora lo recuerdo, trataba de encontrar salida a la dicotomía del pensamiento moderno entre lo urbano y lo rural, esa franja que no es lo uno ni lo otro, pero que es ambas cosas a la vez. Podría decir que más que pensarlo, lo que ella necesitaba era vivenciarlo, sentirlo para poderlo expresar y describir en su parte teórica, pero debido a su vida laboral, el trabajo de grado había caído en un vacío. La última vez que converse con ella, en la Nacional me dijo que tenía muy poco tiempo y que ya no era mucho lo que podía hacer para dilatar la entrega del trabajo final.


Más que permanecer sentados allí, mi madre y yo queríamos salir a caminar. Fue así como después de almorzar y tomar gaseosa, fuimos a ver los terneros. Mi madre preguntaba por las flores sembradas en el jardín, Miller nos mostraba su gallo de pelea y nos contaba que en estos días habría un encuentro en la gallera de la vereda. Jackie se veía muy contenta, tanto como mi princesa y yo. Todos nos sentíamos atrapados por la felicidad y el sol estaba brillando en un cielo que había sido limpiado de nubes y nos invitaba a mirar más allá de las montañas. Como Jackie había hablado de su deseo de montar en la yegua, intentamos ayudarla para que cometiera su propósito. No sin algo de miedo, se logró acomodar y sujetar a la espalda de Miller, anduvieron un buen tramo y se bajó con el ritmo cardiaco bastante acelerado. Esa vieja sensación de adrenalina que se nos inyecta en la piel, en el corazón cuando ponemos a prueba nuestra resistencia y pericia y que a mi me iba costando raspones en mi mano, la cual no logró sujetarse a la roca por la cual me estaba trepando. No hubo caída estrepitosa, solo un arrastre entre la arena, aquella que se va depositando con cada aguacero y que pela la montaña que los hombres abrieron para sacarle su alma y convertirla en materia prima de muchas obras civiles.


Jackie y Miller parecían una pareja de novios, desfilando por los potreros, él le comentaba acerca de la vereda, sus amigos y amigas y bromeaba cuando Jackie criticaba su carácter enamoradizo o su ceguera frente al amor que se le estaba ofreciendo y que el buscaba en brazos de otras mujeres. Nuestra común tragedia en el mundo del amor, de amar sin ser correspondido. Pero por primera vez he dejado de ser el protagonista de este melodrama, más bien soy antagonista y me aíslo de este libreto para dejarme seducir por tus ojos que se hacen más verdes en estos paisajes, para dejarme colocar esa flor en mi cabello o para cuadrarme en la foto que nos han tomado a nosotros. Esta vez, he sido bendecido y elogiado por hacer parte de una bonita pareja, por tener la posibilidad de estar aquí, escuchando las canciones de la rockola que son de despecho y bailar un vallenato, sin tener que sentirme como la fuente de inspiración de tanto desamor.


El día empieza a languidecer, el tiempo va pasando y la llamada de los padres de mi novia, es una de las primeras señales de que la visita está llegando a su fin. Decididos a terminar nuestro rollo fotográfico y después de haberle tomado una foto a doña Tulia con sus corderos y de sugerirle mayor cuidado para evitar que se los roben. Subimos la montaña que tenemos al frente y entre los surcos donde se cultiva la papa, llegamos a aquella roca. En la vereda El Mochuelo, al otro lado del Tunjuelo, en la localidad de Ciudad Bolívar, está la maloca construida por un grupo ambientalista, frente a ella, se ve un conjunto de rocas que semejan una cabeza humana y a donde eran enviados los indígenas para cumplir con los castigos por su desobediencia. Se esperaba que en ese lugar, en medio de la soledad recapacitaran a cerca de sus faltas y se corrigieran. Pero esta vez, al observar la roca deseo poder estar allí para meditar, para cerrar los ojos y dejar mi mente en blanco, para escuchar la voz de las aves, el consejo de los dioses en el viento que mueve tus cabellos, las hojas de los árboles y los finos granos de arena cuando rompemos las piedras con nuestras pisadas o el sonido de las piedras que caen en un pozo de agua que queda después de un fuerte aguacero.

Vemos la carretera y al padre de Miller regresar de Corabastos, hacia donde él va la mayoría de los días a vender papa. Conversamos con Miller quien nos cuenta que piensa esperar hasta la próxima semana para decidir si continua o no en la panadería, puesto que no comparte la idea de convertir este sitio en una simple panificadora, trabajando a puertas cerradas. Nos cuenta que los padres de Carlos (doña Aura y don Gustavo) piensan trastear la panadería a otro barrio, sin embargo como sucede a menudo quién madruga más es él, dado que es el encargado de hacer el pan. Para él, no es problema madrugar y llegar primero a la panadería, pero no le gusta que desconfíen de él y de su capacidad para hacerse cargo del negocio cuando esta solo y siente que decirlo no va a cambiar la situación. Por ello, prefiere salirse y dejar que el negocio se vuelva más patrimonio de una sola familia. Cesar quién sería el último en quedarse, se ha marchado de vacaciones para la costa y es muy incierto por ahora decir, si seguirá o no.


Las tierras de las veredas El Uval y la Requilina, comenzaron a ser compradas hace más o menos 10 años, según los cálculos hechos por doña Tulia. Arquímedes Romero es el principal dueño y está presionando al distrito para que le compre el metro cuadrado a un precio muy elevado. El Proyecto Nuevo Usme tan defendido en el Lincoln y tan utilizado por los investigadores para criticar a los técnicos del Distrito termina perdiéndose cuando los supuestos científicos están completamente desfasados de la compleja madeja de relaciones en una comunidad rural como ésta, donde viven los Chipatecua. Me lo dijo una vez Adriana Posada en la Secretaría Distrital de Planeación, cuando Paco se vio enfrentado con los residentes de este sector y de cómo no era tan fácil explicar el principio de cargas y beneficios a los campesinos. Ellos no desean más reuniones, no quieren saber del proyecto, alegan que los $ 4.000 por metro cuadrado son muy poca cosa, cuando se conocen las ganancias de quienes quieren urbanizar. No son ingenuos y actúan también como seres racionales económicos en el sentido clásico de maximizar sus beneficios usando el discurso rural o ambientalista, lo han aprendido en este siglo y no debe hacerse extraño. Pero tampoco el hecho de que existan quienes desean seguir viviendo con esa lógica rural donde el tiempo y el espacio transitan a una velocidad muy distinta a la urbana.


Cuando regresamos de la arenera, nos despedimos del señor de quién no recuerdo el nombre. Entramos a la tienda y me presentan al padre de Miller, a la madrina de él y a otro campesino. Mientras los hombres prosiguen su charla, tomando cerveza, saludo a mi madre y veo con sorpresa todo lo que le han regalado. No sólo consiguió la manzanilla, sino que además consiguió altamisa, eucalipto y unas flores llamadas Estrella de David o Estrella de Belén. Le han regalado además una botella de leche, una bolsa con papas y un buen pucho de cebollas. Para los padres de Adriana, también va un paquete muy parecido, salvo que además tiene un vaso lleno de arroz con leche. Escuchamos hablar a la madrina de Miller quién nos recomienda salir por el mismo camino por donde entramos. Existe otros caminos que conducen a la carretera que va para el llano, pasando cerca del barrio llamado El Tuno, donde podemos coger alguna de las busetas que van para HB. Sin embargo, cuando comienza a oscurecer se vuelven muy oscuros y debido a la presencia de desconocidos que vienen de los barrios a robar en las veredas, nos recomienda coger por el otro sendero. Nos cuenta además que hace un tiempo fue la misma policía la que se robó unos chivos y que confiar en ellos es de tontos. Nos ha quedado pendiente caminar hacia más arriba, donde la familia de doña Tulia tiene su finca. Quedan los teléfonos de contacto entre doña Tulia y mi mamá y la ilusión de regresar pronto.

LOS SUEÑOS QUE ME SUSURRA EL VIENTO (PARTES III Y IV)

III

Ya pasadas las 11:30 de la mañana, empezamos a caminar por las calles del antiguo municipio de Usme, el cual fue anexado al perímetro de Bogotá en el año de 1954. Así también los pueblos de Bosa, Fontibón, Engativá, Suba y Usaquén fueron devorados por la expansión de esta irónica ciudad fundada por españoles en 1538. Más de cuatro siglos separan un entorno rural aislado de un progreso que como una mancha de aceite fue regándose por esta sabana acabando con humedales y montañas y con la flora y fauna que en ella vivía, ahora es el Páramo el objetivo, y los campesinos cada vez están sembrando más arriba y el agua empieza a agotarse mientras las quebradas están contaminadas casi a pocos centímetros de sus nacimientos.


Mientras caminamos con Nani y Jackie hacia la plaza del pueblo, Adriana buscaba a Miller, quién estaba esperándonos hacía mucho tiempo, para conducirnos a la vereda donde vive con sus padres y hermanos. Cuando niño, Miller sufrió de fiebre y según nos diría su madre después no fue tratado adecuadamente y por eso quedo con un problema auditivo que impide que escuche por ambos oídos. Por ello debe utilizar un aparato especial que cuesta mucho y que es muy delicado. Después de estudiar, Miller se ha dedicado a las tareas del campo, sin embargo fue invitado y participó en un programa de capacitación productiva ofrecido por una fundación, aprendiendo el arte de la panadería. Allí participaba también Jackie y bueno, después de terminar el curso, tuvieron el acompañamiento para echar a andar la panadería que esta ubicada en el Virrey. Es así como lo conocí y hoy, junto con mi madre hemos visitado su hogar.


En algunas ocasiones fui a visitar a mi princesa a la panadería y además de Miller, conocí por su intermedio a Carlos y Cesar. Bajo la coordinación de los padres de Carlos y con el apoyo de Adriana en los fines de semana, se buscó consolidar la panadería en este barrio. Sin embargo, es muy difícil y según las últimas noticias se espera trastear los equipos hacia otro barrio. Las ventas fueron muy bajas y salvo el contrato con la fundación y la demanda de pan por los habitantes de la vereda donde vive Miller, el proyecto habría sido un fracaso. No obstante estas dificultades que tiene todo negocio, aquellas que realmente son difíciles de superar atañen a las relaciones entre las personas que intervienen en la panadería. Es por esa razón que Jackie y por ende Adriana dejaron de ir y Miller se siente incomodo y solo, además de sentir una creciente impotencia en la medida que no se siente libre para expresar sus opiniones e inconformismo frente a la dirección que los padres de Carlos están dándole al proyecto. Es así, como en este nuevo año, Miller desea continuar con su formación en repostería, tal vez en el SENA y en dado caso de no poder seguir en la panadería, conseguir un trabajo en otro lugar. Su mamá, nos decía que desearía poder tener el dinero para conseguir los equipos, pues de esa forma se podría hacer una panadería en la vereda, pero así como los proyectos de ampliar la casa, este también debe esperar no sólo la posibilidad de ahorrar dinero, sino la de poder seguir viviendo allí, puesto que el distrito habilitó esta zona para la expansión urbana y será objeto de conversión para crear una oferta de vivienda de interés social.



IV


Nos hemos saludado en la plaza de Usme. La iglesia esta cerrada y no podemos conocerla por dentro. Me quedo mirando hacia el cementerio y veo a lo lejos la Sabana de Bogotá inundada de vías, casas, edificios y smog. Más cerca en mi perspectiva veo las montañas cubiertas por la malla verde del relleno sanitario, las cuadrículas de los campesinos que aran las montañas del otro lado del río Tunjuelo, donde hace un año nos tomamos la fotos, donde es común aún hoy en día, que las familias de varios barrios se bañen en sus aguas que aún no están tan contaminadas. Me acuerdo de la foto donde estamos tú y tu familia, ese 1 de enero y mis deseos de un año lleno de felicidad a tu lado y no hago sino desear que la vida me pueda dar de nuevo esa oportunidad por otro año más.


Les pido a Adriana, Jackie y Miller que nos acompañen para que Nani pueda ver el resto del pueblo. No tiene nada extraordinario, pero en esta sencillez es tan gratificante la sensación de compartir la vida, que observamos a los campesinos y a sus hijos en las carnicerías, en las tiendas sentados tomando cerveza y escuchando las rancheras en estruendosas rockolas y a los habitantes más citadinos que deambulan aprovechando el silencio de un pueblo que hace mucho gira alrededor de la ciudad. Las rutas de buses ya han comenzado a ir más allá de Usme, me acuerdo cuando llegábamos con mi papá a Suba y cruzábamos el pueblo para terminar el recorrido en el sector de Salitre, en la vía hacia Cota. Al igual que en Bosa, en las zonas planas también se aprecia la transformación del campo a la ciudad y los recuerdos de mi infancia a bordo de la buseta, comiendo picada en un toldo en Suba o saboreando la leche recién ordeñada con bocadillo que le vendían a los choferes y sus familias hace unos 25 años. Hoy en día esta zona esta borrada bajo los conjuntos residenciales de clase media y algunos barrios piratas que lograron continuar a pesar de los nuevos vecinos cuyo dinero se expresa en la morfología del conjunto cerrado.


Más allá de Usme hacia el sur, está la vereda de Chiguaza, por la vía que lleva a San Juan de Sumapaz y al bello espectáculo del Páramo que lleva este nombre y donde se produce el agua de la región. Nos hemos detenido y visto el paisaje que nos hace sentir cierta nostalgia, cuando sabemos que en un par de años mucho de este contexto se habrá transformado ahogando el pasado que construye una identidad que aún no encontramos quienes vivimos en este rincón de los Andes. De regreso, Miller nos señala el matadero e intercambiamos con mi mamá comentarios acerca de la fama que tiene Usme, como lugar en el cual comprar carne. Existen muchas carnicerías y le confieso a Adriana mi interés por escribir un cuento sobre las historias de los hombres que a diario matan ganado o de quienes los destazan, recordando aquella vez en que leí el Verdugo de Lagervist. Imaginarse las historias de su oficio contadas en las tabernas y el drama de algunos de ellos por la perdida de algún ser querido o por un amor no correspondido.


Compramos libra y media de carne, en vez de la picada, para completar el presente que llevamos a doña Tulia. De solo ver las cabezas de vacas y terneras en una vieja carreta, confirmo la sensación de finitud que tenemos los animales. Pensar que diariamente mueren miles de ejemplares para alimentar el hambre de una población humana que se niega a autocontrolar su crecimiento me parece algo extraordinario, por cuanto la naturaleza aparece como una imparable máquina proveedora de alimento. Después de este recorrido y de que hemos comprado algunas cosas para el camino, salimos del pueblo y comenzamos a caminar hacia la vereda. Recordamos con Nani aquellas veces en que recién bajados de la flota, caminábamos por Pauna. Mi tío Edilberto nos esperaba allí y nos guiaba en el camino hacia Pinchote. Eran horas interminables de camino, para unos niños traídos desde el frío cundiboyacense del altiplano hacia el calor del valle interandino donde se encontraba el Territorio Vásquez y los municipios más famosos de Boyacá por la riqueza de esmeraldas conocidas en todo el mundo. Caminábamos y para mantener el ritmo nos agarrábamos a la cola de los caballos, o como les decían allá, de las bestias. Parábamos para tomar guarapo ofrecido por algún campesino y saludábamos a muchos otros que nos encontrábamos en el camino, no los conocíamos pero ellos sí sabían quiénes éramos: los hijos de Dionilde, la hija de doña María del Carmen que en paz descanse y que se había ido a la capital dejando a su hermano y su tío aquí en el campo.


A diferencia de ese entonces, nuestro camino fue muy corto hoy. No fue más de media hora y siempre estuvo en nuestro horizonte la ciudad, como una pesadilla, como algo que se niega a desaparecer. Vimos la carretera de salida a los llanos orientales: En mi último cumpleaños salimos por allí y vimos estas zonas rurales que corresponden a las veredas que el Distrito ha clasificado como sujeto de expansión urbana. La amenaza de la urbanización pirata por parte de los capos del suelo, es uno de los temas sobre los que más escuche en mi andada con el Lincoln Institute. Después de muchos años escuchando a María Mercedes, a Ricardo, a Paco, Juan Felipe y Natalia, y bueno también a Francesco hablar sobre estas veredas y su importancia para frenar el crecimiento urbano informal y de la lucha contra la especulación a través de la participación en plusvalías, pude tener el placer de conocer este lugar. Lejos del disfraz de investigador he podido caminar, conversar sin miedo con doña Tulia y Miller e incluso de treparme a las rocas para tomarme una foto o para pensar en la existencia de Dios y de la importancia de que ella me acompañe y me abrace en mis momentos de soledad. Aún cuando es difícil evitar sentirse tan insignificante frente a la magnificencia divina, siento la necesidad de que empecemos a cambiar nuestro enfoque de urbanistas y pensemos en salidas para una ciudad que ya no debe seguir creciendo, pero que debe satisfacer las demandas habitacionales de los más pobres.


Hemos pasado frente al estanque que provee de agua a varias viviendas en el entorno, observando las flores cultivadas por algunos campesinos mi madre se ha sentido arrebatada por el vivo color de unas amapolas. He podido observar esta flor y le he contado a mi mamá de su utilización para hacer heroína. Creo que las plantas no tienen la culpa, es el hombre quién la utiliza para hacerse daño y sin embargo, son ellas, -así como los animales, e incluso otros hombres- los que se convierten en víctimas de las guerras que se generan por el poder que da el comercio de estas drogas. Nos han tomado una foto con mi madre y un jardín atrás, así mismo mi princesa me toma una foto con el fondo proporcionado por la ciudad y el campo. Continuamos y llegamos hasta el santuario construido para la virgen y que sirve de límite entre las veredas El Uval y La Requilina. Miller nos ha contado que en la vereda vive la mayor parte de su familia. Los Chipatecua y los Tautiva son sus tíos, sus padrinos, sus abuelos, en fin me enredo y pienso en una danza orgiástica de parentelas que como un círculo cerrado difícilmente permite que entre sangre nueva. No obstante el mismo contacto con la ciudad hace que ahora lleguen nuevas familias o que las más tradicionales vendan o arrienden la tierra. Sólo los más pequeños y pobres campesinos se quedan, siendo los principales afectados por su escaso poder y capacidad de unión frente a los intereses de especuladores y gobierno, en torno a futuras vías y urbanizaciones que imponen un futuro oscuro a quienes no quieren terminar sus días encerrados en una casa de 40 metros cuadrados.


Además de papa, se siembra arveja, la cual debe ser colgada de unos hilos, actividad por la que pagan $30.000 pesos. Además de estos cultivos se crían algunas especies menores, como ovejas, gallinas y patos y en algunos casos, ganado vacuno. El uso de los pesticidas le da un olor de basurero a la tierra, pero según la revolución verde su uso considerado inofensivo dizque contribuiría a mejorar la productividad del suelo. Como Miller nos cuenta, hoy en día se está capacitando a la gente para que desista de seguirlos usando por cuanto empobrece la tierra y la hace estéril, es el regreso a lo orgánico. Estos cambios son los que necesitamos a una escala mayor, en especial en referencia a nuestro concepto de desarrollo, eso nos enseñaron en el CIDER y fue muy curioso ver como este logo permanecía en el plano elaborado por el equipo multidisciplinario contratado para el Proyecto Nuevo Usme. Este mapa, hoy día esta tirado en el piso de la plancha de la casa de Miller, expuesto al sol y la lluvia y de él no queda mucho, como un presagio funesto del futuro.