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lunes, 10 de diciembre de 2012

UNA CASA GRANDE Y BIEN UBICADA PARA VIVIR FELIZ



La vivienda es actualmente tratada como una mercancía más y en ese sentido el acceso a la misma depende antes que nada de la capacidad de pago del hogar. En Colombia, así como en la mayoría de las naciones que tienen economías de mercado, adquirir una vivienda requiere de los recursos suficientes para su compra, bien sea en el mercado de vivienda nueva como en el de usada. Incluso la compra de un lote en una “urbanización pirata” requiere de recursos y quienes carecen de ellos sencillamente deben conformarse con vivir en alquiler.

Una de las consecuencias de esta lógica mercantil es que tanto el tamaño, como la localización y la calidad de la vivienda terminan estando asociadas al precio. La política de vivienda de interés social VIS implementada en las últimas décadas -no solo en Colombia sino en varios países latinoamericanos- es prueba de ello. Para los hogares con menores ingresos, a pesar de la posibilidad de un subsidio, de un crédito en la banca comercial y de los ahorros, no existe realmente mayor libertad para elegir. Se trata más bien de aceptar lo que los ingresos pueden costear. Una casa  o apartamento grande y bien localizado se ha convertido en el privilegio de unos pocos.

Por eso es tan importante la discusión que tiene lugar en Bogotá, sobre la construcción de viviendas gratis que ha prometido el gobierno nacional para los más pobres. Imagino que para algunos es muestra de un esfuerzo del presidente Santos por luchar contra la pobreza, para otros por el contrario significará una muestra más de la relación existente entre él y los gremios de la construcción y de las medidas que se toman, buscando que las tasas de ganancias se mantengan, frente a un desaceleramiento de la demanda solvente. Por ahora, me parece oportuno, destacar que el discutir sobre la localización y el tamaño de la vivienda, nos lleva a cuestionarnos sobre la posibilidad de “desmercantilizar” el acceso a la vivienda y verla entonces desde una óptica más humana[1].
 
Frente a la discusión sobre un área de 40 o 45 metros cuadrados[2], basta señalar como durante muchas décadas el tamaño promedio de un lote comprado en una urbanización irregular era de 72 metros cuadrados. La vivienda si bien era construida poco a poco tenía unas dimensiones que facilitaban la construcción también de espacios para colocar una tienda o un negocio, e incluso para la construcción de espacios para arrendar. Con las viviendas de interés social VIS y particularmente con la más barata de ellas, denominada Vivienda de Interés Prioritario VIP, se ha caído en una situación en la cual, los pobres tienen más dificultades para aprovechar la casa como fuente complementaria de ingresos. Ingresos obtenidos no por el simple afán de lucro, sino bajo una lógica de subsistencia.

En cuanto a la localización, debe señalarse positivamente la puesta en debate acerca del derecho a vivir bien localizado en la ciudad y de luchar contra la segregación socioespacial. Cuando imperan estos deseos especuladores con el valor del suelo en zonas centrales, la actuación del gobierno distrital en defensa de los sectores de menores ingresos es de destacar, puesto que la mayoría, sino la totalidad de oferta de VIS estaba concentrada en la periferia de la ciudad. La reducción de espacios para ser urbanizados de manera informal también ha significado que hasta este tipo de oferta se ubique cada vez más lejos de las centralidades de la capital. Creer que es posible ofrecer vivienda para los grupos de bajos ingresos en localizaciones centrales permite entonces mejoras en la calidad de vida de estos hogares, representados por las posibilidades de trayectos más cortos y menos costosos hacia los lugares que concentran la mayor oferta de trabajo (formal e informal) de la ciudad.

Todos estos esfuerzos, sea la de una vivienda con las dimensiones adecuadas y una buena localización, creo que pueden ser pensadas desde una Economía para la vida, propuesta teórica y metodológica  presentada por Franz Hinkelammert y Henry Mora en un libro publicado en 2009[3]. Allí, los autores discuten sobre cuál es el objeto de estudio de la ciencia económica. Para responderla, parten de la pregunta más básica que todo ser humano se realiza: ¿cuál es el sentido de la vida? La respuesta esbozada en términos muy sencillos es que se trata de vivirla. Para ellos, los seres humanos buscan una vida material, concreta y tratan de acceder a los medios que les permitan vivir.  Lo que ha sucedido durante la hegemonía del sistema capitalista es que dicho acceso se ha ido restringiendo progresivamente a una única opción: el mercado. Como ya mencionamos en el caso de la vivienda, sea regulado o no, es el mercado y por ende la capacidad de pago lo que define el tamaño, la calidad y la localización de la vivienda.

Hinkelammert y Mora, nos recuerdan de nuevo, aquella división entre crematística y economía establecida por Aristóteles. De un lado, “el arte del lucro”, la economía utilizada para incrementar la propiedad de dinero por el dinero mismo y del otro, la economía como la ciencia que se preocupa por el abastecimiento de los hogares y de la comunidad circundante, a través del acceso a los bienes necesarios para satisfacer, potenciar y desarrollar las necesidades humanas. No obstante, en su propuesta normativa no se aboga por la eliminación de los mercados, sino por la posibilidad de someter los mercados a un derecho fundamental: el derecho a vivir. Es pues, someter el valor de cambio, la ley del valor frente a este derecho, que se constituye en base para la libertad humana.

Considero que la mercantilización de la vivienda nos ha llevado a naturalizar el dicho popular que dice “me tengo que ir: soy pobre y vivo lejos”. Recordándonos las ideas propias del análisis de tipo neoclásico, los autores critican el fetichismo que existe sobre el postulado de la eficiencia y la lucha competitiva, el cual se impone incluso frente a las exigencias por vivir. Aunque parece ya un sueño lejos de ser realidad, vale la pena discutir acerca del tamaño de las viviendas que se ofrecen. Aunque conservadora la definición de un mínimo de 45 metros cuadrados, vale la pena preguntarse si realmente no es posible que se mantengan ofertas con tamaños más dignos y tipos de vivienda más flexibles, similares a aquellas auto-construidas en décadas pasadas.

Un punto final destacado por Hinkelammert y Mora, radica en el proyecto de ser humano por el cual debería luchar esta Economía para la vida. Señalan que se trata de recuperar al sujeto y su subjetividad perdidos en el objetivismo de la tradición positivista de la sociedad moderna. Se trata de erradicar las relaciones sociales en que el ser humano es humillado, sojuzgado, abandonado y despreciado. Creo que cuando es más importante la especulación inmobiliaria se está casi que violando un derecho fundamental como es el del acceso a una ciudad en condiciones de dignidad. Lastimosamente el papel del Estado ha dejado de orientarse por las potencialidades que tiene para  “desmercantilizar” el acceso a los bienes que garanticen la vida humana. Si bien existen los canales para la participación ciudadana, aún falta mucho para que temas como el tamaño y la calidad de las viviendas construidas sea debatido entre los movimientos sociales que trabajan a escala local. Ante un discurso cada vez más fuerte de una escasez de suelo en Bogotá, puede esperarse que la mirada del acceso a la vivienda se quede anclada en estudios que hablen de costos de producción inflados o en concursos arquitectónicos de diseños de VIS precaria. ¿Existe la posibilidad de una movilización cívica alrededor de una oferta de VIS digna? ¿Podemos dejar de asociar el tamaño con el dinero y pasar a ver la necesidad de una vivienda en función del tamaño del hogar y sus necesidades? ¿Porque no nos cuestionamos éticamente por una desigualdad que se manifiesta por la construcción de esas ciudadelas de VIS y del otro lado grandes apartamentos? ¿Por qué dejar que el espacio sea definido por la capacidad de pago y no por el tamaño del hogar que lo ocupa? ¿Cómo encontrar un criterio más justo?


[1]    En el diagnóstico y formulación del Plan de Desarrollo de la ciudad, está presente de manera explícita una apuesta por pensar el desarrollo desde la perspectiva del ser humano. Véase por ejemplo Alcaldía Mayor de Bogotá. 2012. Bases del plan distrital de desarrollo Bogotá Humana 2012-2016. Disponible en http://www.sdp.gov.co/portal/page/portal/PortalSDP/Home/Noticias/HistoricoNoticias/PlandeDesarrollo
[2]    Distrito advierte que casas gratis presentadas por el gobierno son “muy pequeñas”. El Espectador. Sección Bogotá. 4 de Noviembre de 2012. http://www.elespectador.com/noticias/bogota/articulo-385200-distrito-advierte-casas-gratis-presentadasel-gobierno-son-muy-p
[3]    Hinkelammert, F. (2009) Economía, Sociedad y Vida Humana: preludio a una segunda critica de la economía política. 1ra Edición. Buenos Aires, Editorial Altamira. Para este artículo hago referencia específicamente al capítulo 1: La opción por la vida (apuntes para una ética del Sujeto desde la perspectiva de una Economía para la vida) pp.25-36

jueves, 28 de julio de 2011

La planeación territorial y la emergencia de intelectuales orgánicos

Este es un artículo de opinión y por tanto las afirmaciones hechas aquí deben ser tomadas como si fueran hipótesis. Solo una investigación más estructurada podría darnos algún soporte científico para llegar a unas conclusiones más contundentes. Sin embargo, quiero hacer uso de mi derecho de expresión sobre todo por estar inmerso en el mundo académico y en particular de la economía urbana y el interés que siempre he sentido por reflexionar sobre la participación en la planeación territorial.

Mural democracia participativa, Patio Bonito, Bogotá 2010
Hecha la anterior advertencia, quiero compartir una serie de reflexiones que surgen a partir de la lectura de Gramsci y sus conceptos de revolución pasiva, hegemonía e intelectual orgánico. Para ello invito al lector a considerar en primer lugar la planeación territorial como una actividad donde tiene lugar un conflicto entre las diferentes facciones que componen las clases dominantes de Colombia. Con la constitución de 1991 y la posibilidad de introducir mecanismos de participación comunitaria, las expectativas por dar voz al resto de la sociedad, permitían albergar esperanzas por una construcción del futuro más pluralista. Hoy por hoy, los escándalos de corrupción y la pobreza generalizada en gran parte del territorio, nos llevan a preguntar si finalmente esas buenas intenciones fueron en realidad una estrategia de las elites para seguir ejerciendo su hegemonía.

La revolución pasiva

La revolución pasiva es un término empleado por Gramsci para designar el proceso por el cual tiene lugar una reorganización constante del poder del Estado -en su relación con las clases dominadas- para preservar la hegemonía que ejerce la clase dominante y excluir a las masas de la posible influencia que puedan alcanzar sobre las instituciones económicas y políticas.

Amanecer, Municipio de Pauna, Boyaca, Colombia
El uso de la fuerza represiva por parte del Estado, para preservar el poder, tiene que complementarse con la función educadora, que lleve a la construcción de determinados consensos transversales a toda la sociedad. Tenemos entonces un Estado que castiga, que educa, que racionaliza nuestras conductas y por tanto construye un sentido común donde los intereses antagónicos desaparecen para dar una imagen de unidad donde los explotados terminan defendiendo los intereses de sus explotadores.


Sin embargo –nos recuerda este autor- las clases dominantes están dividas en grupos más pequeños. Algunos tienen un liderazgo moral e intelectual y por ende generan una visión del mundo que se impone al resto, sin la necesidad del uso de la fuerza. La dominación ideológica es llevada a través de la escuela, de los medios de comunicación, la cultura y a través de políticas reformistas. Es así como se ejerce la hegemonía, es así como se impone una ideología.

¿Planificación participativa para qué?

A partir de esa lectura del estado y de cómo las clases dominantes imponen una ideología y ejercen su hegemonía, nos podemos preguntar si finalmente los esfuerzos por abrir la participación al resto de la sociedad, terminaron convirtiéndose en una estrategia para preservar el control de los territorios y sus recursos.

La tensión entre las elites regionales y el gobierno central, evidencia esa fractura que existe al interior de los grupos que dominan el país. El ascenso de los nuevos ricos que se han beneficiado de las ganancias que deja el comercio de la droga y las viejas familias que ejercen el gamonalismo y el clientelismo a nivel regional se enfrentan a los grupos que tienen su sede en la capital.

Municipio de Pauna, Boyaca, Colombia
La constitución de 1991 permitió que la voz de las comunidades -excluida de los pactos que tenían lugar a puerta cerrada- fuera incluida con el propósito, de alcanzar consensos democráticos sobre el futuro regional y urbano. Sin embargo, la participación se ha limitado a una simple validación del libreto que ya trae el estado. Un libreto elaborado y reelaborado por las mismas elites que siguen disputándose el poder y la hegemonía y que ahora deben batirse en una arena que es más pública pero no necesariamente más participativa.

En ese juego de intereses, cada fracción trata de hacer prevalecer sus discursos y de convencer a las comunidades de apoyarlas: En ese sentido la función educadora de los partidos políticos y de organizaciones comunitarias, algunas de ellas con apoyo de ONG se ponen a prueba en cada escenario abierto por el estado. La idea es convencer a los demás que el interés particular puede ser el interés general y que su defensa conllevará los beneficios al conjunto de la sociedad.

Ahora bien, la estrategia empleada para conseguir ese objetivo ha sido la cooptación de los pequeños brotes de ejercicio ciudadano y de manera particular de los liderazgos comunitarios. No significa que todos esos líderes hayan sido ingenuos, pues existían ya bases para que desde las comunidades la respuesta fuese positiva al coqueteo de la corrupción y del favorecimiento personal, a partir de ese rol que se ejercía a favor de terceros. Pero teniendo en cuenta que, para otros la expectativa de la planeación participativa aparecía como una posibilidad para democratizar la sociedad, como un campo de lucha política, es necesario dar cuenta también de aquellos que aceptaron el reto de entrar al estado y de los retos que han enfrentado frente a esos vicios que ya trae nuestra manera de gestionar lo público.

La cooptación es una de las estrategias empleadas por las clases dominantes para alcanzar los consensos que se requieren a nivel del colectivo. En ese sentido, los líderes comunitarios que comienzan a trabajar para el estado se ven ante la encrucijada de defender los intereses de sus comunidades y los de su empleador. No es extraño ver esa situación en el caso de Bogotá, donde se ha desarrollado una gran institucionalidad participativa involucrando liderazgos comunitarios que antes ejercían su actividad al margen de la esfera estatal con relativo reconocimiento entre sus comunidades.

Intelectuales (planificadores) orgánicos

Frente a la dictadura que podía ser establecida por los comunistas en la Unión Soviética a nombre del proletariado, Gramsci señalaba los riesgos que se corrían dejando el poder en manos del partido y de una clase directamente beneficiara de él, pues podían perpetuarse en el poder y nunca acabar con el estado. Uno de los argumentos que justificaban esa transición según los intelectuales del partido era que los sectores proletarios carecían de intelectuales que les guiaran en ese proceso. Por tanto ellos debían asumir esa dirección. Así pues, intelectuales surgidos en la clase burguesa dirigieron las revueltas proletarias. Frente a esa situación Gramsci proponía la formación de un tipo de intelectual que surgiera entre la clase operaria y no fuese cooptado por las clases dominantes. Su tarea sería la de construir con sus comunidades otra ideología que pudiera ser contrahegemónica.

Bosa San Bernardino, Bogotá, 2009
Retomando de nuevo el caso de Bogotá, es preciso recordar que no cualquiera puede trabajar en el estado. Así pues, los profesionales que han surgido en los barrios populares y que cumplen con el doble requisito de formación académica y trabajo comunitario son altamente valorados por el estado que se siente incomunicado para adelantar sus procesos de planeación participativa. Con la salida de estos profesionales del campo comunitario se pierde una enorme posibilidad de procesos independientes. No obstante, es justo decir que muchos consideran que su entrada al aparato burocrático puede ayudar desde adentro de la institucionalidad y otros más pueden sencillamente utilizar su trabajo comunitario como plataforma para mejorar sus condiciones laborales sin considerar ningún conflicto al asumir ese nuevo papel.

Con todo y esta variedad de situaciones, podemos agregar que al igual que sucedía en el contexto de análisis de Gramsci, esa cooptación permite que finalmente quienes han ejercido el poder, logren conservarlo sin mayores amenazas en la medida que controlan los posibles liderazgos que van surgiendo desde los grupos históricamente excluidos. Cualquier intento de desacato fácilmente lleva a la sustitución del planificador por otro técnico mientras que la generación de un nuevo líder comunitario puede tardar mucho tiempo.

¿Ante ese panorama que hacer? No solo se vive la amenaza física por parte de los actores del conflicto armado, sino que ahora el reconocimiento estatal también limita el accionar de estos líderes. Ni hablar de la corrupción o el clientelismo que han sabido acomodarse a esta nueva forma de gestión para seguir apropiando indebidamente las rentas públicas.

Un intelectual orgánico, surgido en los barrios populares o en la vereda campesina debe ante todo conocer muy bien el lenguaje técnico de la planificación. Es necesario para poder manejar un mismo nivel de interlocución, pero debe tener la capacidad para traducir los contenidos y las demandas de sus comunidades en ese esquema. Este líder hace las veces de un traductor intentando colocar cada pieza del rompecabezas en las fases técnicas del proceso participativo. Las experiencias muestran que es muy difícil cuando esos planificadores son externos a las comunidades, pues hay una mirada diferente y un proceso de reinterpretación que a menudo es incompatible con lo que realmente se dijo. Cuando el profesional se va, las comunidades vuelven a quedar aisladas y se pierde de horizonte la fase posterior al ejercicio participativo. Esa situación puede cambiar cuando ese planificador sigue viviendo con las comunidades y eso es más fácil cuando ese personaje es también residente.

Pero la salida del barrio o del municipio es una opción válida incluso para los líderes comunitarios. Dado ese capital social, intelectual o humano se diferencian del resto de la población y al estar en contacto con las clases medias o altas pueden fijar un estándar de vida que intente emular esos estilos de vida consumistas. Ello sucede independiente del partido político y es así como esos liderazgos en plena vía de ascenso social terminan jugando el rol de una nueva clase media con intereses particulares a defender y que son validados positivamente por la sociedad. Se recomienda que en la medida de lo posible quienes puedan hacerlo, salgan de los barrios pobres, dejando atrás a quienes son percibidos como perdedores, fracasados o como una amenaza. El resultado final es una comunidad sin liderazgos y unos líderes desclasados que a pesar de hablar de sus comunidades cada vez están más lejos de ellas. Vivir la cotidianidad del barrio es fundamental aunque casi nadie presta atención a ese factor, compartir el día a día es vital para sostener las redes y quienes se van tarde o temprano serán extraños a lo que acontece allí.

Finalmente…

Ya podemos imaginar la recomendación que surge a partir de estas reflexiones. Para un intelectual orgánico, para un planificador surgido desde los barrios populares o las veredas campesinas, será fundamental su permanencia en el territorio en el cual ha surgido. Sus posibilidades de ascenso social y/o económico pueden ayudar a valorizar sus territorios en la medida en que promueve la heterogeneidad social y no ese aislamiento de los pobres en su propio lugar de residencia. Si finalmente su interés personal es más fuerte que el de la colectividad y quiere salir, puede hacerlo, pero asumiendo el costo de perder representatividad en ese espacio. Tal vez logre consolidarse e ingresar a formar parte de las clases medias pero difícilmente contribuirá a mejorar las condiciones de los excluidos pues la posición de cada actor es vital en este juego de representaciones.

Municipio de Pauna, Boyacá, Colombia 2009
Si algo ha sido constante en la historia de la planeación territorial, es que los sectores de menores ingresos siempre han tenido que vivir sin voz. Ahora que se les invita a hablar, se les entrega un libreto pre-elaborado y cuando tienen la posibilidad de que un líder ayude en la realización de una contra propuesta, la historia termina teniendo el mismo final. Existen quienes proponen crear espacios ajenos al propuesto por el estado, esa es una salida, otros rechazan utilizar el mismo lenguaje técnico de la planeación y finalmente estarían quienes seguirían considerando que estar dentro del estado es una oportunidad para cambiar la realidad de desigualdad que nos caracteriza.

Cada líder comunitario debe realizar constantemente un ejercicio de auto-critica, de auto-reflexión que le lleve a revisar cuáles son sus objetivos, sus metas. La movilidad residencial, el cambio de barrio se ha convertido en un elemento importante para validarnos socialmente. Salir del barrio popular para el conjunto residencial demuestra que somos exitosos y que dejamos atrás la pobreza para pretender ser reconocidos por quienes están encima ¿Pero es eso finalmente lo que se busca? ¿La estrategia del liderazgo finalmente va hacia allá?

Existen muchos motivos para explicar los cambios residenciales, pero dejándolos a un lado y centrándonos en el factor de prestigio que confiere la ubicación espacial, debemos cuestionar entonces esos liderazgos que se valen del discurso de lo popular para saltar hacia una clase media consumista. Es una inconsecuencia de primer grado presente en grupos de derecha como de izquierda. Si algo puede ayudar a pensar en un intelectual orgánico ha de ser en un fortalecimiento aún mayor con el barrio de quienes se dicen trabajar por él. Serán los primeros en promover que quienes mejoren socialmente se queden y contribuyan para que ese lugar mantenga la vitalidad necesaria y en el caso que la relación con el estado sea estéril, promover aquellas iniciativas independientes que ayuden a construir unidad. 

Este pequeño acto de rebeldía frente a la cultura que asocia ascenso social y localización residencial puede ser aunque parezca insignificante o imposible un punto de partida para luchar contra la cooptación, puede extenderse a un cuestionamiento de todo un estilo de vida impuesto desde el mercado y llevarnos a construir otra ideología. No hay evidencias que puedan demostrar esta sugerencia pero al fin de cuentas es una opción que puede evaluarse y mejorarse o sencillamente reelaborarse en la medida en que el proceso de reflexión de estos líderes tenga un espacio en medio de tanto activismo.

viernes, 11 de marzo de 2011

Un Guache (*) en tierras cariocas

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Rio de Janeiro -panoramica desde Urca
La vida es una caja repleta de sorpresas. Estoy en esta ciudad, en calidad de extranjero, experimentando aquellas sensaciones de tristeza, de miedo, de inseguridad que si bien sentía en casa, eran rápidamente resueltas con un abrazo, con un beso, con un mimo. En medio de tantas personas, camino solitario y rumio mis pensamientos en mi idioma natal. Encerrado en mi cuarto me sumerjo en la música y los recuerdos y mucho tiempo después, vuelvo a sentir esa extrañeza, ese deseo de regresar a casa. Sin embargo, esa casa está muy lejos.
Un guache, un guerrero muisca, que ha salido de los andes, de esas tierras frías, del páramo y la ropa de lana, para venir a dar en las tierras cariocas, sintiendo la brisa del mar y el calor, la música, el color y el sabor de otro país ¿cómo habrán sido los indígenas de estas tierras? ¿Qué historias se habrán tejido? ¿Tendrán algún Bochica, alguna Bachué, un dios Xué o una diosa Chía?
He pensado en los millones de refugiados, los perseguidos políticos, los militares, los secuestrados y todas aquellas personas que se encuentran lejos de su hogar, lejos de las personas que aman, lejos de sí mismos, perdidos en la soledad más amenazante que es la del espíritu. En medio de mi sincretismo he elevado plegarias para que los dioses o Dios, me den la fortaleza suficiente para salir bien librado de esta batalla que apenas comienza.
Rio de Janeiro- Vista de Cristo Redentor
Cada día es un reto. Cuidar de nosotros mismos: alimentar el cuerpo, alimentar el alma, alimentar la mente, proveernos de un vestido y seguir las normas de la casa, que no se siente aun así porque todos somos extraños. Lidiar con el tráfico, un tráfico que no es el mismo de Bogotá, porque los barrios son desconocidos, porque el más ligero desvío puede generar el más grande desperdicio de energías, una caminata en medio del sol que puede provocar una insolación, una ausencia de vitaminas que puede causar una dolencia, los riesgos están ahí.
Dicen las historias que la palabra Carioca, significa la casa del hombre blanco y al igual que en Colombia, la toponimia está regada de un pasado ancestral. Sigo en mi amada América Latina, pero me es extraña esta ciudad del placer. Un placer que deslumbra, unas imágenes que son de postal, pero que esconden nuestra miseria, nuestra pobreza, nuestra desigualdad. La misericordia cristiana no es suficiente. No es suficiente con colocar una barra para tapar una favela, no es suficiente con ser informados por medios de comunicación baladís. La realidad se deja ver en cada una de mis caminatas, cuando me subo al bus o cuando huelo el olor de las aguas contaminadas por el ser humano. Cuando sufro víctima de la especulación inmobiliaria o por la ausencia en la democratización de las nuevas tecnologías.
Comienza el desfile de la escola União da Ilha 2011
Este guache, mira con detenimiento cada cosa y como siempre desconfía de aquello que aparenta tener la cualidad de la belleza. Sabe que ella se disfraza y que a menudo es muy difícil encontrarla y por eso se mantiene atado a sus armas, que son sus recuerdos, su pasado, las enseñanzas de sus antecesores. Viviendo el presente, sabe que poco a poco, una nueva historia se escribirá y espera que tarde o temprano, el cariño por esa ciudad aparezca. Hasta ahora, se ha sembrado la semilla, es preciso empezar a cuidar de la tierra para que la pachamama bendiga ese fruto y haga de él una fuente interminable de alimento y sabiduría.
Hace frio en Rio de Janeiro y también llueve. Como si los dioses hubiesen decidido flexibilizarse conmigo, dejando la fiereza del aire que quemaba la piel, ahora sopla un viento helado que tal vez no guste a quienes desean un carnaval más ardiente. La arena se ha enfriado y la noche no requiere ya de ventanas abiertas, ni de ventiladores ruidosos. Poco a poco, me acostumbro también a estas calles, a ver determinadas caras, como la de los porteros, los vendedores en las lojas o la bibliotecaria que me permite entrar a ese templo sagrado del conocimiento.
Independiente del lugar, las bibliotecas conservan ese aire de tranquilidad que tanto desea mi mente, ese silencio que esconde un millón de historias que esperan ser leídas. Ese lugar donde se esconde una buena novela, un clásico académico o una colección pictográfica. Afortunadamente, estoy cerca de ellas y puedo escabullirme de toda esta sensación de extravío. Así pues empieza esta nueva etapa. Mañana será mañana y el hoy ya pasó. Una oración por todos los que ya no están con nosotros.

(*) Guache: Palabra que proviene de Güecha, término utilizado por los Muiscas, -grupo indigena que habitaba en los andes orientales de Colombia- y que significa guerrero. Con la invasión española en el siglo XVI, esta y muchas otras palabras como Guaricha (que significa princesa) fueron vaciadas de su significado y re-signifcadas con el interés de usarlas de forma peyorativa, como insultos para referirise a las personas cuyos comportamientos van en contra de la moral.  
 

miércoles, 18 de noviembre de 2009

DE REPUBLICAS INDEPENDIENTES Y OTRAS FICCIONES SOCIALES.

El próximo año, estará lleno de eventos conmemorativos a propósito de aquel mes de Julio de 1810 en el cual, según la historia oficial, alcanzamos la independencia del yugo español. En estos dos siglos, sin embargo, hemos padecido de grandes desgracias que encadenan nuestros corazones y espíritus al yugo de la pobreza y la miseria, al yugo de la xenofobia, de los extremismos, todo bajo un velo de aparente madurez social y política, todo bajo la máscara de repúblicas independientes.

Me pregunto entonces ¿Qué estamos celebrando? ¿Qué se entiende por independencia? Tenemos dos fechas de nacimiento, una en 1810 y la otra en 1819. Una aparentemente pacífica y la otra completamente sanguinaria. Y en medio de estas fechas un periodo llamado La Patria Boba. Un periodo en el cual, el sueño de libertad se deshizo en manos de los intereses de centralistas y federalistas y que permitió en últimas la reconquista española y las atrocidades cometidas por Pablo Morillo. En suma, nos había quedado grande la independencia.

Después de la batalla de Boyacá, nuestra naciente república vivió más periodos de confusión. El siglo XIX fue escenario de numerosos enfrentamientos y como sabemos también por esos libros de historia, entramos al siglo XX en medio de la Guerra de los Mil Días. Pasábamos de ser una colonia a ser un ficha más en el comercio internacional, exportando nuestros recursos naturales sin siquiera tener un mercado interno unificado. La riqueza que dejaba ese comercio iba a parar en el consumo lujoso de las elites regionales.

Y así ha transcurrido el siglo XX, en permanente conflicto, nos hemos asesinado entre hermanos. ¿Para que la independencia? Para destrozarnos como bárbaros, sin ningún respeto por la ley, por los principios de libertad, igualdad o fraternidad. Sin la más mínima autonomía para sobreponer al interés particular el interés colectivo. Sin la más mínima reflexión de si nuestros intereses colectivos coinciden o no con los de las naciones europeas. ¿Qué vamos a celebrar entonces si seguimos aún siendo esclavos?

Tres repúblicas hermanas como Colombia, Venezuela y Ecuador, están actualmente gobernadas por personas que carecen del más mínimo sentido de unidad latinoamericana, pues hacen gala de una intolerancia que solo se puede justificar a la luz de sus deseos de autoproclamarse como salvadores. Así ha sido nuestra historia, llena de imágenes que adorar, no solo las religiosas sino también las de estadistas que poco o nada han hecho por nuestra verdadera independencia. Tres gobiernos, que en un escenario como el actual, le apuestan a la competencia y no a la solidaridad, le apuestan a lastimar las relaciones comerciales, en vez de unificar mercados, le apuestan a los conflictos verbales en vez de bajar el tono y sentarse a dialogar, a escuchar. Tres gobiernos que apelan a sus pueblos para justificar sus excesos de autoridad alegándose el derecho de atropellar los derechos humanos por obtener una seguridad que sólo siembra miedo. En nuestras tres naciones hay grandes contingentes de personas en la pobreza y la miseria, esa semejanza ya nos permitiría fijar como meta común la justicia social y la dignificación de la vida humana y ello se lograría sin necesidad de una sola bala, sin necesidad de insultar al hermano y mucho menos de eliminarlo físicamente.

Después de estos 200 años de vida republicana, seguimos siendo esclavos pues somos incapaces de gobernarnos a nosotros mismos. Somos incapaces de formar un bloque regional, de proteger a nuestros campesinos, de proteger a nuestras comunidades indígenas, somos incapaces de velar por nuestra riqueza cultural y ambiental, somos incapaces de reconocernos como latinoamericanos. Hay corrupción e impunidad y sin embargo hay fe, en el señor y en la salvación de las almas el día del juicio final. Debemos reconocer que hay muchos intelectuales pensando América Latina, pero sus voces no son atractivas a los medios de comunicación, porque no representan los intereses de los grandes grupos económicos que todo lo quieren comprar, incluso las conciencias.

¿Qué vamos a celebrar entonces? Nada, absolutamente nada. Estas serán unas fiestas que serán muy propicias para seguir inflando el patriotismo de una nación que no tiene identidad. Esa deficiencia elemental es tan estratégica para los gobiernos de turno, porque permite seguir justificando la perpetuidad en el poder de Chávez, pero también de Uribe. Ellos solo representan los intereses de determinados grupos, a quienes les conviene que sigan allí mientras siguen saqueando los cuernos de la abundancia que existen en estas tierras tropicales y andinas. Seguimos siendo colonias a la merced de los virreyes que gobiernan para favorecer los intereses de ese imperio que se llama capitalismo, que se llama socialismo, que en suma solo se llama egoísmo, tiranía, muerte, intolerancia, exterminio, prepotencia. La horrible noche aún no ha cesado.

Son 200 años extraviados, perdidos en el camino: Nuestros gobernantes se sienten más europeos o norteamericanos que latinoamericanos. ¿Cuál independencia entonces? ¿Aquella que proclama un anti-europeísmo o una alianza contra el imperialismo yanqui? No, creo que el problema estriba en que debemos cambiar de actitud y relacionarnos con más personalidad, pero solo la alcanzaremos si reconocemos que somos híbridos, que nuestra piel es morena y de otros colores, que nuestra riqueza nos permite pensar en que podemos proponerle al mundo otra forma de vivir bien, que así como es buena la cultura europea, existe una cultura latinoamericana que es tan rica y heterogénea como su composición racial. Si se trata de una apuesta por la solidaridad y el respeto a la diversidad ¿quién sino América Latina para dirigir ese cambio de mentalidad?

Lastimosamente, esa apuesta de elevación de nuestro nivel de conciencia, es vista aún como una empresa quijotesca. Ahora que estamos ad portas de campañas que aboguen por nuestra identidad o por los balances de nuestros dos siglos de rebeldes sin causa en el concierto mundial, podemos pensar que sobraran los discursos, las ceremonias, las reivindicaciones y los premios a aquello que simbolice nuestra identidad y nuestro proyecto nacional. Que bueno sería reivindicar a aquellos indios, indias, negros y negras, mestizos y mestizas y todos los demás campesinos que sin ser parte de esa elite criolla terminaron ofreciendo su sangre, así como hoy por hoy son los jóvenes campesinos y urbanos los que mueren en la guerra a nombre de los intereses de narcotraficantes, generales y políticos corruptos. Ellos si que han tenido que pagar un precio alto por la independencia y a cambio se les ha denominado masas marginales, informales, clandestinos, guaches, guarichas, populacho, ilegales, insurgentes, indios, etc. Apelativos que les niegan ese heroísmo y los sumergen en el baúl de la historia oficial que se contenta con señalar solo los nombres de personas que pertenecían a cierta rosca ilustrada.

Un proyecto de republica independiente que dice basarse en los principios de igualdad en los hombres, pero que construye su riqueza a partir de la explotación del hombre hacia el hombre y hacia el ambiente que le rodea. Un sin sentido de proyecto social, una ficción que 200 años después sigue maquillándose y ocultándose, a través de unos medios de comunicación que trivializan la compleja realidad política a un espectáculo o reality que explota nuestros regionalismos y la cultura de la trampa a través de sus novelas. Una campaña para dividirnos, para fragmentarnos para idiotizarnos hasta el punto de perder una visión general de lo que pasa en el país y de la pérdida de la poca institucionalidad que teníamos para regresar a un régimen del terror.

Nos han engañado, no nos hemos liberado de nada ni de nadie. Somos igual o más esclavos que antes. Ahora se habla de pensamiento bolivariano, pero en realidad es un sofisma para más de lo mismo, igual sucede con la seguridad democrática y puede suceder con visiones bizarras de indigenismos. Apelar a lo indígena o lo mestizo para justificar la misma dictadura que se quiere abolir es un error imperdonable en la historia. Por esas razones, creo que más que celebrar nuestra independencia debemos reflexionar acerca de cuanto aun hace falta para realmente ser independientes.

En primer lugar garantizar nuestra soberanía alimentaria en vez de hacernos más dependientes del comercio exterior, de productos manipulados genéticamente o subsidiados por naciones que se autodenominan más desarrolladas que nosotras. Un segundo reto es el ser independientes de las influencias nefastas que conllevan los organismos internacionales quienes dicen asesorarnos pero terminan condicionando sus prestamos a sus exigencias. Por último, se trata de independizarnos de aquella ciencia que se produce para resolver los problemas de todos los inversionistas y banqueros pero no de los sectores que más requieren de nuestro apoyo y que de por sí ya justifican nuestra labor como académicos.

Esta independencia no significa autismo, pues en ningún momento pretende que nuestro continente se aísle, simplemente es un cambio de actitud, una muestra de madurez social que se refleja en el sentido de que somos capaces de tomar nuestras propias decisiones y ahí sí que es importante la unión de los pueblos latinoamericanos para que sea un punto de vista de bloque y no de países sueltos. Saber en que momento se necesita el capitalismo y en que ocasiones no, en que momento debemos invertir en igualar las condiciones de vida de nuestras sociedades y cuando debemos ahorrar para invertir y mejorar las formas de producción y liberar más tiempo para la cultura, para la reflexión sobre nosotros mismos, para la autocrítica.


¿Cuál es la estrategia? ¿Podemos realmente alcanzar esa unidad latinoamericana, sin más guerra, sin más explotación despiadada de nuestras riquezas, incluyendo a las personas que habitan nuestro continente? ¿Podremos algún día, dejar atrás esa necesidad de seguir a los europeos o norteamericanos y construir nuestra propia agenda internacional. Establecer nuestro camino, independiente del aval internacional?

Yo creo que sí, tengo fe en que lo podemos hacer, podemos empezar a mirarnos los unos a los otros y darnos cuenta que nuestra piel es muy bella, que es tostada y que nuestros rostros son hermosos reflejando esa doble condición de indígena y europeo, de afrodescendiente y de polinesio. Dejar la vergüenza y superar nuestros miedos de no ser aceptados. Como se darán cuenta esta situación es individual y trasciende a lo social, por eso, en la medida en que cada uno de nosotros empiece a cambiar, a reconocerse como lo que es y no como lo que quisiera ser y no es, podremos ver cambios en lo social, es entonces un proyecto común, que comienza obviamente en la escuela. Contar la otra historia. Que mejor oportunidad que este bicentenario para empezar a cambiar y reconocer que todos nosotros somos próceres de la independencia en la medida en que convirtamos esa defensa por la libertad en una defensa de los derechos humanos y nos demos cuenta que la independencia de nuestra Latinoamérica es una empresa que apenas comienza y no una referencia anquilosada y tergiversada guardada en los libros de texto de las escuelas.

Referencias imágenes:
Mapa: Biblioteca Luís Ángel Arango. www.lablaa.org
Caño Cristales-Colombia: Blog Tejiendo el mundo
Volcán Cotopaxi-Ecuador: Blog Climbing Ecuador
Salto del Angel-Venezuela: Blog Venezuela La Tuya

sábado, 17 de enero de 2009

EN LA GUERRA NUNCA HAY GANADORES.

El mundo que muchos de nosotros hemos conocido desde niños se ha caracterizado por estar permanentemente atravesado por guerras de todos los tipos y grados de crueldad, similares o peor de crueles a aquellas que nos han contado los historiadores y que sucedieron en otros periodos de nuestra “civilización”.


La transición del siglo XX al XXI, está demostrando una vez más, que la especie humana no ha logrado evolucionar pues su conciencia sigue atascada en el culto al ego y los profundos extremismos de tipo religioso, nacionalista, ideológico, buscando la satisfacción material creyendo que eso es suficiente para alcanzar la libertad o la felicidad.

En la guerra nunca hay ganadores. Todos perdemos, los muertos y desplazados tienen en común el hecho de ser hermanos, de hacer parte de una sociedad planetaria, que ha sido divida por la imaginación del hombre en fronteras, en países y banderas multicolores, que son invisibles en realidad cuando caminamos por las montañas y valles de este mundo que llamamos Tierra.

Al igual que sucede con la guerra civil que existe en Colombia, los fanatismos de derecha e izquierda, abogan por más violencia, por la exterminación del otro, que no tiene derecho a vivir en la misma tierra. Por eso, no estoy a favor de Israel, pero tampoco de Palestina, no estoy a favor de un gobierno autoritario como el que vive Colombia pero tampoco apoyo el gobierno de Venezuela porque es igual de prepotente y cargado de mesianismo. La intolerancia es la misma a pesar de tener ideologías diferentes.
Por eso tampoco estoy a favor de la guerrilla, ni de los paramilitares porque no creo que el uso de las armas resolverá nuestros problemas, por eso estoy en contra también del servicio militar obligatorio, en suma se podría decir que soy un pacifista, pero lejos de atribuirme la causa libertaria de los demás, intento de manera más humilde hacer la transformación interna, la de reflexionar acerca de mí y de lo que pienso frente a este mundo que nos rodea.

Por eso, en estos momentos en que muchos amigos se pronuncian a favor de los palestinos, me preguntó si es realmente justo denunciar esta barbarie por una pobre asociación de los judíos con el fascismo o si realmente sería igual de condenable las muertes provocadas por tanto fundamentalista árabe. Es igual de irónico que una nación víctima del holocausto en la segunda guerra, ejerza tal grado de crueldad para justificar lo que aún no pueden justificar con la razón: la invasión y posesión de una tierra cuyo único titulo de propiedad aparece en un libro de metáforas como es la Biblia.

Hay quienes dicen que la guerra, “afortunadamente” existe y que es connatural a nosotros, que ante la ausencia de una especie que cumpla la función de control demográfico, esta nos permite mantener a raya el desbordante crecimiento demográfico que ya habría hecho colapsar el planeta. Me resisto a creer en ello, pues no creo que una especie tan evolucionada como la humana tenga que recurrir a estas estrategias para no sobre-poblar el mundo. ¿De que sirve tener hijos que serán el día de mañana carne de cañón?

En estos tiempos, en los cuales florece el odio y cosechamos la muerte, me pregunto si vale la pena morir por fanatismos estúpidos o si en realidad lo único que vale la pena, es defender la vida. Por eso, no apoyo las guerras ni siquiera cuando su motivo es supuestamente la liberación de los oprimidos o la lucha contra los sistemas injustos de redistribución de la riqueza. Soy anarquista de corazón y es el amor por la vida lo que me hace buscar mi libertad, he perdido la capacidad de juzgar a los demás y por ende he perdido la facultad para posicionarme y tomar postura por algún bando en esta guerra.


Alimento mi utopía, creyendo que tendremos la posibilidad de ser felices algún día. Que dejaran de existir guerras como la que atormenta a Gaza, a Colombia, a Afganistán y tantos otros lugares del mundo. Todo se encuentra en nuestras mentes, que se resisten a evolucionar a dejar de ser tan materialistas o tan idealistas, es por eso que existen las guerras. ¿Cuánta sangre seguirá corriendo por la búsqueda de la supuesta “libertad”?